viernes, 17 de febrero de 2017

He aquí lo que dijo Verónica

Amigas y amigos de FB, les pido unos minutos de su tiempo.
Estamos viviendo una Emergencia Nacional.
Es parecida a un huracán, temblor o inundación. En parte porque tanto el gobierno federal como los locales están rebasados. En estos casos hemos visto cómo una ciudadanía activa y receptiva corre a comprar comida, a llevar ropa, medicamentos, hace aportaciones económias, se suman como voluntarios para colaborar con lo que pueden dentro y fuera de México.
Sabemos que DIARIAMENTE llegan a México cientos de migrantes expulsados de Estados Unidos por los decretos de Trump. Por aire o por tierra (éstos en peores condiciones) regresan a México sin nada. Sus edades ocsilan entre 5 y 80 años, la mayoría sin redes de familiares y amigos que los apoyen o acojan. Sin papeles, dinero, credenciales, pasaporte, IFE, NADA. Llegan sólo con una Constancia de Deportación que no les sirve. El Seguro de Desempleo les será autorizado quince, si bien les va, 15 días después de haber llegado a México y la cantidad que reciben es insuficiente para vivir una semana. En esos siguientes quince días a partir de su deportación, ¿qué comen, dónde duermen, cómo lavan su ropa, se asean, bañan? Llegan a la Ciudad de México o a otras ciudades que no conocen, cómo se transportan, con qué dinero compran su boleto de regreso a sus pueblos. Al llegar a su país, son las personas más vulnerables, ya que están solos y desconocen cómo transportarse, a qué Instituciones acudir, quién puede brindarles ayuda inmediata. Muchos no hablan bien el español.
Queridos, les propongo que me ayuden a ciudadanizar esta emergencia. Pasemos de las marchas y las toneladas de información que distráen y aniquilan nuestras acciones, para responder de inmediato y de muy distintas formas a esta EMERGENCIA NACIONAL.
Patricia Vega,  Julia Santibáñez y otros amigos en FB, ustedes saben manejar el Twitter, hagamos viral su situación, volvamos sus necesidades urgentes un "trending topic". Los migrantes de ambos sexos y de distintas edades necesitan TODO: comida, dinero, ropa, electrodomésticos, un lugar en dónde quedarse mientras entienden qué sigue en su vida, ayuda psicológica porque han dejado familia, historia, trabajo, amistades y regresan a una realidad hostil porque aquí nadie los quiere de regreso, no obstante que han enviado millones de dolares de remesas, y que muchos estados sobreviven gracias a sus dólares. Dr. David Barrios Martínez, tú puedes armar un grupo de especialistas para apoyarlos en este sentido, estoy segura que muchos de tus amigos psicólogos y psiquiatras se sumarían con gusto. Hebe Rosell MaselFrino AbMardonio CarballoMargie Bermejo, Alonso Arreola, Fernando Rivera Calderón, Carlos Nahuel Porcel de PeraltaNacho MéndezRodolfo Ritter ArenasAlejandro BarranonGuillermina Monroy, Armando Vega-gil, ustedes podrían armar conciertos diversos que recauden dinero para apoyar esta bienvenida en especie que les urge ya, hoy, mañana. Gabriel Macotela, Estela TrevinoRogelio Cuellar, Damián Flores, Juan BerruecosFernando Osorno CruzChrista CowrieMarco Barrera BassolsPatricia Quijano FerrerAngélica Abelleyra ustedes pueden donar obra, y/o pedirle a sus amigos y amigas artistas plásticos, fotógrafos que colaboren. Alejandro Luna, Silvia A Peláez, Jaime Chabaud, los dramaturgos, directores de teatro, actores, Otto Sirgo, Arturo Beristáin, Siameses Company, podrían sumar voluntades y organizar funciones y eventos para recabar fondos para solventar un poco las necesidades más urgentes de nuestos migrantes. Escritoras: Kyra Galvan, Ethel Krauze KJulia SantibáñezJuana Marìa NaranjoAna García BerguaAna Clavel, Natalia Toledo, Alicia García BerguaRocío CerónRowena BaliMaría BarandaZazil Alaíde CollinsBeatriz Rivas… Escritores:  Benito TaiboAlberto Ruy SánchezJosé Manuel Recillas PoetaDavid Martín del CampoAlberto Chimall… Ustedes los creadores y creativos de la palabra, pensemos entre todos en cómo involucrar a los ciudadanos en acciones concretas. Las empresarias Patricia Torres MayaSusana OrtizAna Lilia Cepeda y tantas otras, hablen con sus iguales y armen juntos paquetes de apoyo.
Las televisoras, los comunicadores no están ciudadanizando esta realidad. Estoy segura, ustedes en las redes pueden ayudar en mucho para volver visible esta tragedia humanitaria, la gente de bien está esperando que alguien los organice, les pida, oriente en cómo, con qué, dónde pueden colaborar, junto con las organizaciones de apoyo existentes que no se dan a abasto para solventar las urgencias básicas de nuestros connacionales. Les doy algunos datos, teléfonos, nombres, organizaciones: Luis Ángel Gallegos, Asamblea Popular de Familias Migrantes y coordinador del Programa de Atención al Retorno del Instituto de Investigación y Práctica Social y Cultura, A.C. Tel. 70 38 48 43, FB: APOFAM. Otra organización, Instituto de las Mujeres en la Migración, A.C.; FB IMUMI, tels. 5211.4153 y 5658.7384, imumi.org/ Tarda un día en contestar, dejar recado. DF@familias migrantes.org, entre otras. Hay organizaciones ciudadanas esforzándose por atender a los cientos de migrantes que llegan, en todos los Estados de la República, sobre todo en los fronterizos. Quienes viven allá, busquen estas organizaciones y súmense. Patty Duarte FrancoGerman Pablos TiradoMartin Urrea TiradoEnrique Lawrenz, Aidé Grijalva. Hay mucho en lo que ustedes y sus amistades pueden ayudar. Acérquense, difundan, corran la voz, sumen porque el problema que tenemos enfrente requiere de todos nosotros, de nuestra creatividad y de un poco de nuestro tiempo y respaldo.
Muchas gracias.

jueves, 16 de febrero de 2017

Por lo que dijo Verónica

Hace unos días la escritora Verónica Ortiz envió un mensaje que me conmovió. Y sé que a muchos les pasó lo mismo. Le prometí que la seguiría en la intención que proponía en ese mensaje. Mi manera de hacerlo es la escritura, pero hay muchas maneras.
     Verónica me hizo pensar que no debemos actuar como esos a quienes criticamos severamente, hipócritamente, omitiendo de nuestra conducta cualquier culpa: olvidando que hemos dejado caer algo feo por ahí, alguna vez, inconcientemente, sin darnos cuenta, quizá. A ignorar que nuestra existencia mal aprovechada está destruyendo el planeta: nuestros coches lo están haciendo, nuestro consumismo, nuestras cosas, que no son nuestras del todo, porque son tan finitas -algunas más, algunas menos- como nosotros. ¿Por qué no al menos recoger la basurilla que arrojamos: reciclarla, convertirla en arte, en ciencia, en jardín, en bosque? ¿Por qué no  pagar el monto de los daños?
No debemos seguir actuando como aquellos de los que nos avergonzamos; no podemos seguir ignorando olímpicamente la agonía de los migrantes, sólo porque no nos imaginamos siquiera que sean nuestros semejantes, porque somos incapaces de empatizar con ellos, ¡Dios nos libre! No nos pondremos por nada del mundo esos zapatos arrancados de los pies por la miseria, no adoptaremos esos pies callosos que cruzaron la frontera, no encarnaremos ese cuerpo deshidratado, heroicamente violado y vejado –más aún el femenino- en el camino.
Luego de leer el mensaje brillante de Verónica platiqué con el escritor Emiliano Monge, quien ha dedicado una buena parte de su trabajo de investigación y literario al tema de la migración: varios mensajes de este escritor me conmovieron también.
Dejemos de ignorar que ellos son de aquí, que este país es de ellos tanto como nuestro. Dejemos de ignorar las masacres ocurridas en los pueblos y caminos lejanos, donde no hay medio alguno para retratar o rescatar y si lo hay es aniquilado. Hace un tiempo relativamente reciente que gracias a estas redes es posible llevar imágenes de lo que han hecho desde mucho tiempo atrás sin que hubiera una cámara a mano y menos un medio que lo transmitiera en tiempo real. Como habitantes de las redes tenemos la elección de utilizarlas estúpidamente: sólo para medir nuestro nivel de popularidad y alimentar raquíticamente nuestro ego, o para convocar personas, habitantes con los que es necesario comunicarse para que las cosas sean mejores para todos.

Yo invito a todos los escritores a los que he conocido en persona y considero mis amigos, a que, sin afán alguno de protagonismo, escriban para seguir la intención de nuestra amiga Verónica.

sábado, 11 de febrero de 2017

Cuerpo débil


 Haber nacido dentro de esta dimensión significa ser dueño de un trozo de carne viva, capaz de alimentarse y realizar acciones tendientes a mantener la vida dentro de sí. Nosotros tuvimos la buena o mala suerte de nacer con un cuerpo humano, pero pudimos ser un rinoceronte o una libélula, imaginen lo que quieran.
El caso es que para estar aquí e interactuar con nuestro entorno el único requisito indispensable es ser dueño de un cuerpo. La vida es, pues, por cualquier lado que se le vea, una cuestión de privilegios, y tener un espacio de carne qué habitar es uno de ellos. Todo aquel que sea dueño de un cuerpo tiene la obligación moral o no, de protegerlo. Debe ser dueño, además, de los recursos necesarios para que no se muera por hambre o por enfermedad.
Nuestras sociedades, además, han erigido al cuerpo como emperador del consumo. La mayoría de los planes publicitarios incluyen uno o más cuerpos, cuya presencia se materializa en uno o más modelos. El cuerpo libre de defectos será el principal candidato para representar al mercado. Muchos, quienes tienen la suerte de vivir en paz, provistos de alimentos y hasta lujos, luchan encarnizadamente para conseguir el cuerpo perfecto. Ese mismo con el que también sueñan los diseñadores de ropa, zapatos y accesorios. Se agotan en sesiones de gimnasio, hacen rigurosas dietas, se someten a dolorosas operaciones. Pero suelen olvidar que más que estar bello, el cuerpo tiene como primicia estar vivo.
En las sociedades de consumo se ha perdido la capacidad para sobrevivir en caso de perder la casa o el coche, -los cuales, al final, no son más que extensiones del cuerpo mismo, diseñadas para protegerlo y hacerlo más veloz- En todo caso, esta capacidad se le exige al sistema. El sistema ideal es aquel que ha absorbido la capacidad de supervivencia de sus habitantes. Los habitantes del sistema actual no deben la supervivencia de sus cuerpos a la caza o la pesca, ni mucho menos a la agricultura o la recolección; un derrumbe del orden a partir de una catástrofe natural está muy lejos del alcance del sistema y haría patente la incapacidad de supervivencia de sus habitantes y de sus cuerpos. La naturaleza y sus desastres tienen un poder inconmensurable ante el cual el cuerpo es una entidad endeble. Por otro lado la vida en sociedad conlleva altos riesgos para el cuerpo.
El instinto de conservación ha llevado a las especies a ingeniar el sofisticado sistema del placer en la reproducción. Las bacanales fueron la manifestación más clara del culto a los placeres del cuerpo. No sólo eran festejos, sino el aliciente que soportaba el duro trabajo que conlleva la construcción de una gigantesca civilización. El momento del festejo le da sentido al trabajo, que por cierto, también es cosa del cuerpo. Todo rose del individuo con su exterior es asunto del cuerpo. El cuerpo hedonista tiene, como segunda prioridad, justo después de la supervivencia, la procuración del gozo. El falo es el más venerado de los iconos del cuerpo. Llama la atención que en nuestras culturas madres haya habido tantas representaciones de falos, que van desde las pequeñas figuras de hombrecillos de barro de enormes penes que caracterizaron a la cultura maya, hasta las gigantescas tallas en madera, semejantes a edificios, que desfilaban por las calles de Alejandría o Roma durante ciertas procesiones y bacanales. Casi trescientos años antes de Cristo un cronista de nombre Kalixeinos de Rodas relata una procesión en la que vio jalar un enorme falo dorado cuya estatura en metros superaría a un edificio de más de quince pisos. Este culto ha sido el más glorioso y privilegiado de todos los cultos.
En la actualidad, la mercadotecnia del placer sexual reconoce al hombre como su principal consumidor. Ya no se exhiben aquellos enormes penes por las calles. Sin embargo, las mujeres -que en mayoría conforman su aparato, diseñado para el hombre heterosexual-, trabajan arduamente para que sus cuerpos relucientes posen ante cámaras fotográficas, de cine y televisión, o, en casos menos afortunados, se deslicen por tubos metálicos al centro de un escenario. Se desviven, pues, los sistemas, a lo largo de los siglos, para seguir rindiendo al pene un culto, para seguir montando espectáculos, especialmente ensayados para provocar la erección, que evocará el estado ideal, que evocará a nadie menos que a Dionisio, en principio, y atraerá copiosos capitales, fundamentalmente.
El cuerpo es el receptor de las viseras, músculos y huesos que hacen posibles sus acciones. El cuerpo es receptor, además, del pensamiento, del deseo y la apariencia. El cuerpo -una vez superadas todas sus necesidades fisiológicas- guarda un importante espacio de sus preocupaciones en la vestimenta. El cuerpo bien vestido es otra de las características del ideal publicitario. El cuerpo vestido para la ocasión es la carta de presentación ante una sociedad que observa y juzga. La moda ha llevado incluso a ese mismo cuerpo al ridículo. El cuerpo, pues, ha sido no sólo una víctima de la guerra, el accidente, la catástrofe o la hambruna, sino una víctima de la moda. El cuerpo vestido y victimizado por su propia vanidad, manifiesta, además, una identidad.
El cuerpo desnudo ha sido signo de grandeza para algunos; los dioses y los hombres de alto rango se retrataban desnudos en la Grecia y la Roma Antiguas. El cultivo del cuerpo, su belleza y su fuerza, fueron prácticas sistemáticas de las cuales se desprende la institución de los juegos olímpicos. Mucho tiempo después de esta época dorada del cuerpo, sobrevino la institución del Cristianismo, y a partir de él cierta pérdida de la valoración del cuerpo y sus posibilidades hedonistas. El cuerpo fue entonces el receptáculo del alma, en cuya existencia se fundamentará lo único verdaderamente valioso, la posibilidad de ascender al plano divino, en total desposesión de una carne ya para entonces ampliamente desdeñada. Durante la Edad Media el mundo occidental se pobló de estrafalarios y santos ermitaños cuyas historias, de una precariedad corporal más bien mórbida, recorrerían la literatura de palmo a palmo, y así llegaron a nuestros días. Se sabe, por ejemplo, que San Besarión nunca se acostaba, que Santa Eufracia simplemente no se bañaba, que San Simeón cuidaba con esmero a las larvas que le retoñaban en la piel, que él mismo escoriaba. El menosprecio del cuerpo convirtió la desnudez, imperial y divina para los clásicos, en una condición del desamparo, y la humillación.
En los años que corren la desnudez no se muestra por pudor, y quienes la muestran con fines sexuales no son muy bien vistos socialmente. Digamos que, la desnudez está bien, sólo si tiene un fin artístico. El affaire que tienen últimamente ciertos sectores con la pornografía, ha traído una más clara aceptación masiva de la desnudez, aunque estos sectores sean masas aún subrepticias. La exhibición del acto sexual ha sido también una práctica común –aceptada o no- en las sociedades; los carnavales y las orgías, han sido cosa de todos los tiempos. No estamos diciendo que eso esté bien. Creemos que la pudicia y la reserva son prácticas mucho más sensatas que la perdición y la obscenidad. Los medios proclaman la importancia de la unidad en la familia, la iglesia reprueba la promiscuidad. Algunas de estas proclamas son realmente sinceras, muchas otras sólo son superficiales.
El cuerpo, además es un encubridor; posee una piel que lo viste, diseñada a la medida. En décadas recientes, a ciertos artistas les ha dado por exhibir el cuerpo en una forma muy distinta de lo que se hace en las bacanales o de lo que se hace en los prostíbulos. Ya en el Renacimiento, cuando la ciencia y el conocimiento profundo del cuerpo despuntaron, nació un científico, Friederich Ruysch, quien echó mano de las técnicas de embalsamamiento recién descubiertas y montó en el salón posterior de su casa, la exposición de una serie de personajes de carne y hueso humano; muertos, claro está, a quienes embalsamó cuidadosamente y luego vistió caprichosamente y colocó en situaciones cotidianas, e incluso graciosas. Con la reciente técnica de la plastinización, descubierta en la década de los setentas por un científico que habría de consolidarse también como artista plástico: Gunther Von Hagens, se puede conservar el tejido de los cuerpos sin que sufran deterioro alguno y bajo condiciones de relativamente poco cuidado, durante muchas décadas. El cuerpo, bajo el concepto de este científico artista, se inmortaliza y se convierte en una obra de arte perenne. Hasta nuestro país llegó una famosa exposición de cuerpos plastinizados, que había ido causando escándalo y admiración, problemas éticos, morales y religiosos, con mucho éxito y por muchos países del mundo. En este caso, el asunto didáctico es una excelente justificación para la exhibición, lo mismo pareció ocurrir con los cadáveres embalsamados del renacentista holandés Ruysch, que por cierto, en algún momento fueron comprados por un ruso que los pagó a precio de oro, algunos de estos cadáveres aun se conservan.
El asunto de la exhibición del cuerpo humano, su desnudez y su muerte y en general los asuntos relacionados con la carnalidad, son motivo de polémica en el mundo. El ser, al ser dueño de un cuerpo vivo, no sólo es dueño de una existencia, sino de una individualidad. Individualidad que lo vuelve único e irrepetible, capaz de juzgar y contemplar el mundo desde una perspectiva distinta a la de sus semejantes. El tener una perspectiva individual le permite estar en desacuerdo con esos mismos semejantes. En los asuntos del cuerpo la sociedad será incapaz de ponerse de acuerdo y menos aún, en paz; las prostitutas lucharán siempre porque sus cuerpos puedan ser vendidos con dignidad, los drogadictos lucharán porque sus cuerpos puedan obtener rehabilitación, o, en su caso, una digna drogadicción, las mujeres lucharán por envejecer lo más juvenilmente que puedan, los hombres de más de cincuenta perseguirán desesperadamente el elixir que les procure erecciones cada vez más contundentes, los niños de la calle lucharán porque sus cuerpos no sientan hambre y combatirán con la clásica “mona” su ansiedad por vivir. Al contrario que las personas, muchos animales formarán parte de la cadena alimenticia, y con milenaria resignación, dejarán que sus cuerpos sean engullidos por otros animales.

jueves, 9 de febrero de 2017

Cross my heart




Hoy aterricé en el Manzano. Ahí los niños quieren echarse una cerveza y unos doritos por mi cuenta, por eso me sonríen, se acercan en manada.
Los niños me cuentan que aquí y allá hay fosas donde han encontrado cadáveres “todos de señoras, se les veía el pelo largo, la sangre, ¿quiere ver dónde fue?, aquí violan muchas señoras, por eso la acompañamos… “. 
Pasamos por un pequeño socavón junto al camino, en la ladera del cerro Gordo, la hierba seca, crecida y manchas negras que algo ocultaban, no sé qué, no lo comprobé, no me asomé detrás de la hierba. Los niños querían dinero, el miedo es uno de los mejores recursos de la mercadotecnia, pensé que quizá por eso me contaban historias tan macabras en nuestra primera charla. Mi persona cayó del cielo en forma de billete en su visión del universo. Billete fue la palabra clave. Mientras tomábamos el camino hacia el taxi discutían conmigo si yo debía darles tantos o cuantos billetes, se los repartieron en su imaginación, establecieron una larga negociación, acordaron con una justicia asombrosa que yo les daría cuarenta pesos –De los cuarenta niños que me recibieron en el aterrizaje, sólo cinco se prestaron a hacer la expedición y uno de ellos era demasiado pequeño para entrar en negocios. Diez pesos cada uno. A uno de ellos le decían el Abuelo, era el mayor, con un aspecto minúsculo para la edad que confesó, me dijo que en su familia todos eran chiquitos. Era el líder del grupo. Me preguntó si yo decía groserías, ante mi negativa les indicó a los demás que no dijeran groserías frente a mí. Luego me preguntó sobre el precio de las cosas que llevaba. Otro niño, un poco menor, interrumpió para decir contundentemente que ellos no robaban, que no me anduviera preguntando el precio de mis cosas porque yo iba a pensar que querían robarme. Agregó que ellos buscaban ganar dinero: “muchos caen por aquí y los sacamos”. “Ya nos hemos empedado”, interrumpió uno mucho menor. Otro tomó la palabra para contarme que un día se encontró a dos hombres cogiendo, literalmente, “los mataron”, agregó al final. Uno más grande pidió que el Abuelo tomara la palabra y me contara el asunto con toda propiedad. Pensé que seguro los cuerpos de los señores que cogían fueron arrojados junto a las señoras de cabello largo en la fosa.
Caminamos durante una hora veredas y varias calzadas de cedros, ocotes y encinos, tres ranchos. Cruzamos un arroyo a las faldas del cerro Gordo, me dijeron que podía beber de ahí, ellos mismos bebieron, yo no. Los niños, impregnados de mugre se veían contentos, se reían, jugaban a las peleas mientras avanzaban firmemente junto conmigo. Pasó un muchacho en una moto, el Abuelo le gritó que me llevara pero él respondió terminantemente: “¿Y si la tiro?”. Seguimos de largo y encontramos a otro trabajador de uno de los ranchos, que se ofreció a llevarme, los niños se subieron junto conmigo a la caja de su camioneta, ellos lo conocían. Encontramos una vereda, le indicaron al conductor que parara ahí, por ahí bajamos. Cruzaba otro arroyo. Aquello confluyó en un camino bastante bueno que desembocaba en un  área pavimentada. Varias camionetas pasaron: “ahí va el patrón de zutano, ahí va el patrón de perengano”, decían los niños, “Todos los de las camionetas son patrones”, pensé. Me volteaban a ver las parejas de patrones con sendas caras amables, yo les respondía con una generosa sonrisa, -yo igual que los niños andaba en la cacería de algo: otro aventón-, pero ellos nunca se detuvieron: “los pilotos les debemos parecer chistosos”, pensé. Seguí caminando junto a los niños que hablaban mal de los patrones “esa señora es bien brava” dijo uno, enfatizando la frase con un doble sentido que hizo a todos carcajear, a mí no, “ese es un hijo de la chingada”, dijo otro. No tenían en general una buena impresión de los patrones.
Después de varios minutos por esa senda me encontré a un colega parapentero que viajaba en una camioneta, su conductora madre al volante. Me sacaron de ahí hasta la carretera donde pude tomar un taxi que me dejó en el internacionalmente conocido Jován, donde me encontré con mis colegas Horsepower y Jeff. He intentado aprender recientemente el concepto de Cross country en un país donde hay  mucha miseria e inseguridad. Hoy aterricé en el corazón esa miseria y seguiré intentándolo. 




miércoles, 8 de febrero de 2017

Snobs: los sine nobilitate. Breve historia de un mote clasista



¿De dónde viene la nobleza? ¿quién puede ostentar un título nobiliario?

El enriquecimiento de la burguesía trajo como consecuencia que ésta emulara en elegancia y en lujo a las familias más importantes de Europa. Ahí nace el concepto del snob, aunque es en Oxford dónde muchos factores indican que se terminó de acuñar.
Se utilizó para distinguir a los alumnos con título nobiliario de los qué nacieron sine nobilitate. Los snobs son aspirantes a algo, simuladores. No carecen de todo pero alardean de lo que no tienen. Se quedan cortos pero hacen todo lo posible por aparentar que más bien les sobra lo importante.

El término es despectivo y se refiere a aquellos que aparentan pertenecer a un estrato social al que no pertenecen, siempre a través de la adquisición de obras de arte o una cultura aparente y sin fundamento. Es un término marcadamente clasista en su sentido original. La banalización a la que nos tiene sometidos la sociedad moderna le ha dado al término una connotación muy distinta, la palabra se ha snobisado, de alguna forma. Pero no es únicamente el sector que acuña el término snob el que cae en el clasismo, si no el snob mismo, puesto que es un personaje que niega sus orígenes y lucha por borrarlos a partir de vestimentas elegantes, arte, arquitectura, etc… 
Hay clásicas conductas del snob, hay una clara tipificación de sus características. Aquel que pretende ser y no es, ese que persigue el ideal de la vida millonaria y, rodeada de elementos aristócratas. La vida del snob es aquella que dictan los preceptos de la alta sociedad, pero sin los recursos para alcanzarla verdaderamente.

Además de tanta gravedad clasista, el término también ha tenido un sentido jocoso. The Book of Snobs se escribió para retratar a estos personajes, ridiculizarlos y satirizarlos teniendo una clara conciencia de que hasta los mejores hombres pueden caer en el snobismo. El autor -William Makepeace Thackeray- hace un fiel y simpático recuento de su convivencia con los sonbs, de los tipos de snobs que existen; nombra a los snobs notables de la sociedad en un tono humorístico y crítico:

Now let us consider how difficult it is even for great men to escape from being Snobs. It is very well for the reader, whose fine feelings are disgusted by the assertion that Kings, Princes, Lords, are Snobs, to say ‘You are confessedly a Snob yourself. In professing to depict Snobs, it is only your own ugly mug which you are copying with a Narcissus-like conceit and fatuity.’ But I shall pardon this explosion of ill-temper on the part of my constant reader, reflecting upon the misfortune of his birth and country. It is impossible for ANY Briton, perhaps, not to be a Snob in some degree. If people can be convinced of this fact, an immense point is gained, surely. If I have pointed out the disease, let us hope that other scientific characters may discover the remedy.*

Según las observaciones de William Makepeace Thackeray, muchos podemos ponernos el saco del snob. Muchos habremos, por ejemplo, deseado juntarnos con algún ricachón, sacarnos fotos junto a personajes famosos, con los cuales, por cierto, compartimos –o creemos compartir- cierta empatía, nos sentimos orgullosos al mostrarlas a nuestros amigos (quienes aspirarán envidiosamente a ser tan snobs como nosotros). La literatura norteamericana también, con un carácter de crítica social, ha retratado a personajes notablemente snobs.

Breath Easton Ellis dibuja constantemente personajes absorbidos por el ideal no alcanzado del sueño americano, ya truncado por el excesivo y frustrante consumismo que promovió una cultura carente de nobleza. El pueblo norteamericano, brillantemente asentado y poderoso, ha tenido que sufrir las consecuencias de esa obsesiva promoción del consumo que ahora mismo está perforando pozos petroleros. Y hay que aceptar que el ideal norteamericano promovió la generación de una sociedad que constante y equívocamente desea emular a los ricos. Y para ilustrar este clásico carácter de la literatura norteamericana que apunta a la crítica de este estilo de vida, tenemos una cita de Bret Easton Ellis, de la novela Lunar park:

“En el artículo de Talk, se había tildado mi hogar de macMansión: más de ochocientos metros cuadrados ubicados en una zona residencial adinerada y floreciente donde el número 307 de Elsinore Lane ni siquiera era el edificio más grande de la comunidad sino que se limitaba reflejar la prosperidad general del vecindario. Según una página de elle decor mi casa era de estilo ecléctico global minimalista con acento español pero con elementos de un château francés de mediados del siglo y un toque del modernismo de Palm Springs en la década de los sesenta (intenta imaginarlo: no era un concepto de diseño que todos pudieran entender)”

En Estados Unidos, según una nota de pie de página del mismo Bret Easton Ellis en Lunar park, se le llama McMansión peyorativamente a un estilo arquitectónico barato y masivo que emula los estilos tradicionales de las mansiones más grandilocuentes, pero sin preservar sus fundamentos culturales. Es decir, una Mcmansión es en E.U. el perfecto habitáculo para un snob.

La clase noble, la más clasista de todas, esa misma que en un tiempo nombró snobs a aquellos que en un tiempo intentaron emularla, cultura de títulos nobiliarios y placeres vanos, a veces francamente aburridos y dispersos, a veces incluso obscenos y siempre injustos socialmente hablando, es en realidad la fundadora histórica del culto al plástico que avasalla desde hace siglos a Occidente y sus cada vez más numerosos emuladores. Una nobleza más bien cándida en el recuerdo de los trajes peliculescos y las pieles blancas, las historias cachondas de la corte, la belleza auténtica, los palacios, los bailes, los jardines, las joyas, la fama, el glamour …Y al final… ¿quién no quiere ser rico?

Si en algún momento el término tuvo una connotación que se cernía sobre cierto grupo social, actualmente abarca una mancha de clases mucho más amplia, pues va desde los “nuevos ricos”, hasta la clase media baja. Ciertos estratos, pues, no pueden entretenerse en banalidades. El fenómeno snob se ha propagado como un fundamento de la cultura de persecución de la riqueza y su emulación. Cabe pensar si el término no casa a su vez con lo Kitch, aquello que imita vanamente la perfección artística, o si se quiere, lo cursi, lo falso sublime. El término ha tenido éxito y ha estado de moda, tanto así que en nuestros días tiende a permanecer, con un desgastado sentido. La palabra snob le ha dado nombre a muchos antros, centros de farándula, moda y demás fruslerías comerciales, le ha dado nombre a cierto tipo de muchacho al que le gusta presumir…

El snob es un personaje ya clásico de la cultura anglosajona y sus mejores ejemplos están en ella. En El rey Arturo y sus caballeros de la tabla redonda ya hay rastros del personaje simpático que toma la prestada la posición de la nobleza. En Las Diabólicas, libro muy censurado en su época, Barbey retrata a una serie de personajes –masculinos y femeninos- envueltos en el aburrimiento de su burguesía snob y un tanto pervertida. No podemos olvidar que en el aun fresco siglo pasado, Boris Vian, para conservar esta afirmación de que la cultura anglosajona cultivó la figura del snob, lo encuadra en situaciones desencajadas, digamos, de su estilo habitual. Su vida, como la vida de cualquier ciudadano dotado de menor talento, es una vida rodeada de personajes altamente criticables por su falsedad y afectación. Muy célebre es la interpretación que de la canción“Je suis snob” hiciera Nacha Guevara en una adaptación de Alberto Favero.

A finales del siglo XIX y a principios del XX creció en México esta peculiar “clase”, sobre todo en el Centro capitalino, y en un lugar especial: el Jockey Club, situado en la avenida Plateros, hoy Madero, cuyo edificio ocupa el Sanborns más emblemático de aquella cadena comercial. En el Jockey Club se concentraban los apellidos de linajes y poderes indudables: los Escandón, los Landa, los Creel… Ostentosos, opulentos, aquellos aristócratas tenían de qué hacer alarde. Contaban con inmensas fortunas y con las mejores y más redituables relaciones en el gobierno de don Porfirio. Pero presumían demasiado en una vertiente: eran unos afrancesados radicales. Si contaban con dinero bastante para importar ropajes y perfumes y vinos y licores de Francia y de otros países, su francés era más bien insatisfactorio, y sus modales eran una imitación de los de la vida cortesana gala. Por eso eran unos esnobs. Tenían, y mucho, pero no tanto. O, dicho de otro modo, tenían pero no eran.

Muchos años después la Ciudad de México tuvo otro centro esnob: la Zona Rosa, sitio que anunciaba que el cambio había llegado. Minifaldas, pelos largos, motos y autos último modelo, galerías, cafés… Como si de pronto el primer mundo hubiera llegado al D.F. Habían sido superados los tiempos de los rebeldes sin causa, y ahora la rebeldía parecía tener siempre razones. Los de la Zona Rosa eran cuates (no existían aún los ‘chavos’) que se oponían al establishment y se acercaban a las vanguardias.

En sus calles, en sus galerías y en sus cafés desde luego que se dio un vida cultural valiosa, pero los esnobs florecieron mucho más, como es lógico, que los verdaderos artistas. Ser snob se convirtió entonces en ser copia de los habitantes de San Francisco o París, ser un existencialista en llevar la ropa negra y el sobaqueo de libros. Pronto en las axilas de los lectores aquellos, en vez de Sartre o Camus, aparecieron El tercer ojo o los primeros libros de José Agustín, autor que, por cierto, se reía de los esnobs a mediados de los sesenta. Los esnobs serían contradichos por los activos miembros del movimiento del 68, que menos a la moda que aquellos, menos apegados a ciertas vanguardias que venían a ser viejas ya, fueron empujando cambios que llevarían también a alterar el cuadro taxonómico.

En los barrios snobs han desaparecido los fresas y los reventados a favor de los cultos y los artistas, los hipsters, los emos, etc. La sensibilidad brota tanto como las grúas de tránsito. Estos snobs saben un poquito de todo, pero en el mejor de los casos son enciclopedias en blanco: están las entradas, pero no los contenidos. Ser esnob es casi siempre estar a la moda, pero estar a la moda también puede ser ir contra la moda. Lo más revelador de un snob quizá esté en su lenguaje, en el que abundan los nombres conspicuos, las referencias vacuas. La moda que prefieren los esnobs siempre se centra en las cuestiones intelectuales y artísticas. A veces se extiende a otros campos, como el político o el deportivo. Ser snob puede ser pretender ser un ‘progre’ y no haber pisado el Zócalo o irle a los pumas y no haber chutado un balón.



jueves, 2 de febrero de 2017

Albert Camus: Las dos caras del hombre


Cuando en la novela La Peste, el doctor Rieux desvela la enfermedad a familias dolientes, muestra dos caras: ambas templadas por la indiferencia. Rieux es un personaje equilibrado cuya presencia se traduce en la contención y control de una siempre latente descomposición social. Está ahí para desvelar también la mezquindad de una pequeña humanidad intocable que lucra con la desgracia y se enriquece con la enfermedad que no puede alcanzarla. Así mismo, desvela la lucha desinteresada por salvar a los desgraciados. Hace patente la extraña presencia de quienes no se enferman de poder y tienen el poder de no ser tocados por la peste.
En tanto la enfermedad ha dejado a una población menguada, sin fuerzas, llena de nostalgia por los ausentes, hay otra población que experimenta intensos deseos de seguir con la vida, de beber en los bares, de gastar el dinero almacenado, generación tras generación. En tanto Rieux trabaja incansablemente, los comerciantes elevan los costos de todo y ocultan alimentos, creando una desgracia mayor de la cual están exentos. La sociedad se divide entonces entre los que desde un estatus de confort succionan la savia de la humanidad, y la humanidad succionada.
El que da y recibe con justicia es la excepción, y posee sus propias dualidades. Rieux es, como dije, un hombre templado, pero además, absurdo, que afirma que el secreto para afrontar la peste es "la indiferencia". La indiferencia lo hace inmune. Va declarando la desgracia en el vano intento de hacer de ella un sufrimiento menor para los otros, y la peste, en una gracia aun inexplicable, respeta su vida. ¿Por qué la peste no lo toca? Por que él lleva en su interior una enfermedad aún más grave, que lo salva de la otra. Su indiferencia por el mundo y su contradicción se conjuga –contradictoriamente- con un deseo de luchar por ese mismo mundo.
Las ratas y sus pulgas siguen latentes, la enfermedad sólo se oculta subrepticiamente. Las luchas devuelven a las sociedades una justicia pasajera. La justicia, como la libertad, es condicional, y la balanza siempre volverá a inclinarse hacia las más pesadas arcas. Las pulgas alcanzarán sólo a los que viven cerca de las cloacas, las cloacas, eventualmente, volverán a llenarse de indigentes, quienes saldrán luego a las superficies, y dejarán su marca bubónica a los de en medio; a esa clase media que mira hacia arriba, que mira directo hacia la luz que la ciega, sin temor ni conciencia de los de abajo.
El hombre absurdo niega lo eterno, carece de esa gracia otorgada a los inmortales y a los religiosos. Lo que a ellos les resulta de lo más natural es imposible para el hombre absurdo, es por ello que debe conformarse con esta vida, la cual, por cierto, lo puede proveer de no pocos placeres.
Es por esa gracia que quien pretende suicidarse con la idea de la eternidad en la mente, no es un hombre absurdo, por eso Kirilov no es un hombre absurdo. Es por esa desgracia del hombre absurdo que en la vida de aquella prefectura francesa de la costa argelina, la ciudad de Orán, la peste aun aguarda y quizá algún día (y es así como concluye Camus) "despierte a sus ratas y las envíe a vivir a una ciudad alegre"
El "absurdo" de Camus, "la nausea" de Sartre, "la inquietud" de Heidegger, "la humillación" de Jaspers, confluyen en una innegable condición: la libertad condicional del hombre, dada por su incapacidad de decidir sobre su permanencia. La incredulidad sobre la trascendencia del hombre y sus actos se afirma en Camus desde su definición en El mito de Sísifo, como una constante, y dice: " no creer en el sentido profundo de las cosas es lo que corresponde al hombre absurdo" y se confirma años después, puntualmente, en La caída durante el largo monólogo que establece Jean-Baptiste Clamens desde un bar de nombre México-City, ubicado en una brumosa Amsterdam, con un interlocutor que, al menos para nosotros, permanece silente. Y dice Jean-Baptiste: "nunca pude creer profundamente que los asuntos humanos fueran cosas serias". Jean-Baptiste es un hombre otrora exitoso y optimista, de sonrisas y cortesías; un pequeño desafiante que se enfrentó al absurdo durante varios años de juventud y madurez,  y fue, al fin, aniquilado por él. Es Jean Baptiste un Sísifo que sonríe aun aplastado bajo su propia piedra; un rebelde que se hartó de los otros. Un papa que debe suplicar perdón a los desesperados. Es Jean Baptiste un hombre que tiene dos caras.
La incapacidad de trascendencia es entonces un hito irrisorio que se eleva sobre todos los asuntos que empapan la razón humana y que no constituyen sino un juego, una burla del aquí y el ahora, una entelequia que se sostiene sobre los implacables cimientos del sinsentido. En tanto, el suicidio se consolida como el único tema serio sobre el que puede disertar la filosofía, y la muerte la única certeza en la que puede confiar. El hombre es absurdo porque, ante todas las evidencias y muros circundantes en su propia existencia, no le queda otra sino esperar el cese de la conciencia, el fin de una libertad condicional que le fue concedida, en el mejor de lo casos, con el nacimiento. La libertad condicional, pese a todo, tiene sus recompensas, el goce por la vida y la posibilidad de emular la realidad a través del arte, no son poca cosa, la capacidad de elegir el camino más o menos tortuoso hacia la muerte es una salida.
¿Pero donde queda en todo esto el proletariado? ¿Hasta qué punto cuenta con esta feliz capacidad de elegir?¿Desde qué perspectiva habla Camus cuando afirma que la roca es "el asunto" de Sísifo, quien al final debe ser imaginado como un ser eternamente alegre en la inútil tarea de la resolución de "su asunto"? (¿quién puede desafiar a los dioses y ser castigado por ellos?, ¿hasta qué punto la injusticia es "el asunto" de los desfavorecidos?) En la masa proletariada esa capacidad de elección tiene unos límites eternamente lamentables que se sitúan mucho antes que el muro de la razón. El Hombre Rebelde, al mirar hacia todos lados desde la perspectiva del absurdo descubre a los otros hombres y reconoce la injusticia que ha recaído sobre ellos y esos otros están conscientes de que la injusticia ha recaído sobre él mismo. El hombre rebelde resuelve el problema de la ausencia del proletariado en El mito de Sísifo. Entonces el hombre absurdo se vuelve un hombre que actúa en comunión con las masas, sale de su coto de confort y se inconforma, agarra a su propia conciencia por los cuernos, descubre su humillación y actúa. El momento en que la conciencia percibe la injusticia y conduce al cuerpo a realizar una acción para derrocarla, para aniquilarla, es el momento en que nace la rebeldía. ¿Fue el hombre absurdo un burgués que adquirió consciencia de la injusticia y se transformó en un hombre rebelde? Quizá la capacidad de adueñarse del absurdo, hacerlo suyo, explorarlo artísticamente, convertirlo en goce por la vida, sea apenas un asunto de los privilegiados. Sólo los privilegiados pueden hacer "suyo" el absurdo en que van a vivir sus vidas. Camus no dijo al principio que para alcanzar todo eso, justamente y para todos, hay que hacer una revolución. Es este uno de los puntos en los cuales la muy mentada disputa entre Sartre y Camus encuentra sus primeros motivos.
Todavía Francia no ha podido terminar de ponerse de acuerdo para festejar la muerte y la vida de Camus; y es que Camus es un colonizado ampliamente absorbido por el sistema, un filósofo más lírico que riguroso, un hombre absurdo que desentrañó el suicidio sólo para conocer la única salida vital que hay en él, un hombre ecléctico y anarquista que militó en la izquierda, un hombre que recibió y aceptó el premio nobel antes que un Sartre sobre quien, años atrás, hizo sutil mofa en El mito de Sísifo.

No es cometer suicidio lo que, con todo el goce de su libertad condicional, decidió Albert Camus. Decidió seguir adelante en los menesteres y sinsentidos de la vida, se dedicó a desentrañarlos fielmente bajo la mirada del absurdo, antes contó la historia de un hombre despersonalizado que un día mato a otro hombre, y luego miró la peste desde la indiferencia y la lucha; el amor y la vida desde su brumosa intrascendencia y, desde su triste decadencia, la belleza recuperable de Helena. (Este es un resumen de una conferencia magistral, que dicté en la FFyL, UNAM)

miércoles, 1 de febrero de 2017

Manipulador

Mi personaje es un fanático. También es un espermatozoide que unido a un óvulo alcanzó la etapa de Cigoto. Este Cigoto sospecha que es una mujer y que nació para triunfar. Mas manipula a sus espectadores sólo para despistar, para que no comprendan la estrategia que se ha planteado para manipularlos, erigirse en un poder que imagina desde el vientre de su madre, creyendo saber todo, con un ego agigantado en su infinita pequeñez. Le habla a sus espectadores sobre una Diosa omnipoderosa que los está mirando desde el cielo. Luego se transforma en una sacerdotisa, luego en una jueza, calificadora, castigadora. Mi personaje, sin embargo, no ha nacido, permanece en el vientre de su madre y lo sabe, está consciente del sitio en el cual se encuentra, piensa que debe escribir su historia desde ahí, escribe en el papel de una eternidad megalómana. Mi personaje, de pronto, se comporta como un hombre; ha heredado de los hombres de poder su machismo y en momentos se confunde, entra en conflicto, y se manifiesta como una manipuladora misógina, que coloca a los hombres por encima de las mujeres. Más en algún momento reflexiona y se da cuenta de que entre las mujeres también hay mayorías consumistas. Y entonces empieza a manipularlas en forma especial, a tratarlas “bien”, “diferente”. “Las mujeres también compran”, piensa en un sub diálogo secreto que aparentemente no revela a su público, pero que queda inserto en sus palabras como un venenillo que reserva para sí mismo. Este veneno no lo mata, pero lo transforma en un hombre derrotado y deprimido, con ganas de abortarse, de nunca nacer. Odia el consumismo, odia el concepto comprar, odia a la humanidad, odia a la mujer, quiere comprarla, quiere que ella lo compre, se odia a sí mismo, tanto como odia a la sociedad que lo verá nacer, quizá como hombre, quizá como mujer. Ahora ya no sabe nada. Más, como buen maniaco depresivo llega un punto en que su ego se eleva vertiginosamente, remonta por los aires, alcanza alturas estratosféricas y nunca parece caer de su felicidad, hasta que ocurre algo más: algún recuerdo del futuro se escapa, aparece un eslabón grisáceo en la cadena genética. Se rompe. Entonces busca la compasión de sus espectadores, se llena de autocompasión ante la certeza de que realmente no es observado, que sus espectadores nunca existieron, que siempre estuvo tan solo como algo menos que un feto. Entonces remonta a su estado maniaco. Se declara solitario empedernido, único, rey, sacerdote, juez, Dios. Y así queda condenado a la cima y a la sima per sécula seculorum. Como él mismo dijera a sus espectadores, su objetivo final fue: “convertirse en polvo, en muchos, para más tarde ser uno solo, y más tarde ser polvo, uno y muchos, una y otra vez”

martes, 31 de enero de 2017

Estoy haciéndolo dulcemente

Tú eres parecido a mi, pero no eres yo y tus cualidades son opuestas y complementarias a las mías. Soy tu lado contrario. ¿Ya comprendiste? Soy el que se refleja en tu espejo, lo que quieres ver de ti mismo a través de tus ojos. La carne de tus adentros. Algo nos diferencia: tu dolor es soportable, estás preparado para morir. Yo no. Tengo la misión de quitarte la vida, lenta e hipócritamente. Yo siento un dolor perenne que sólo se aliviará con tu muerte. Tú te irás y me liberarás. Tengo un pacto con Dios y Él me otorga el derecho de mentirte, de irte llevando con lisonjas y argucias por una vereda a veces tortuosa y gris, a veces recta, limpia y florida, hasta la muerte. Estoy pudriéndote dulcemente, cuerpo mío. Te daré lo que quieras, tus antojos te los voy a cumplir uno a uno mientras pueda, pero cuando ya no pueda te cobraré el placer con dolor y la vida con muerte.

jueves, 17 de enero de 2013

Cigoto Enamorado


Y sí, esta es mi oportunidad para ponerme cursi. ¿Saben? Todo hombre recalcitrante y radical es un poco cursi. Aunque yo no sé si seré hombre o mujer… ¿o sí lo sé? Estaba olvidando que lo sé absolutamente todo, que tengo metida en la conciencia toda la eternidad que me antedece y me precede, que tengo la eternidad como un hito, como un monumento dedicado al momento en que se decide la vida o la muerte. Llevar la eternidad a cuestas en la memoria es un poco confuso, sobre todo cuando uno empieza a acercarse al olvido. Y es que desde el principio, desde que se gesta el amor entre los amantes que han de procrearnos, hasta el último momento de nuestra vida, se gesta a su vez, gemela maligna, la posibilidad de dejar de existir... y bueno, sé que no les digo ninguna novedad, pero es importante recordarles a lo que se atienen quienes se entrenan en el ejercicio de la vida. Constantemente estarán en riesgo de morir, pero serán más suceptibles en sus primeras etapas. Yo, francamente, hasta no ver la teta de mi madre rebosante de leche ante mi, no me proclamaré triunfador. El primer amor será ella, supongo, y una vez decidida mi sexualidad sabré con qué clase de amante querría relacionarme. Supongo que tendría que ser hombre. Y esto lo sé porque lo sé todo y sé que soy una mujer –ahora lo sé, acabo de recordarlo. Aunque mis padres lo sabrán mucho más tarde. Quizá yo lo he recordado porque estoy más cerca del olvido que en las primeras páginas. Quizá porque en apenas unos capítulos, el olvido me dominará. Toda la memoria desaparecerá y se convertirá en un futuro, en una vida por delante.
Por el momento sé que quiero un amante que sea tan valiente como yo, quiero un amante que sea para mi, que le sirva a mi progenie para demostrar su eterna capacidad de supervivencia, quiero un hombre, claro.

viernes, 5 de octubre de 2012

Cigoto Claudicador

No sé qué hacer, no sé cómo avanzar ahora, la eternidad es tan enorme que me permite detenerme a reflexionar sobre un segundo durante todos los segundos que yo quiera. Hasta me permite detenerme bajo un viejo tejo o bajo un ahuehuete a descansar durante el tiempo que me plazca, o ir creciendo, como una raíz, lentamente, bajo la tierra, en eterno y móvil reposo.
Habría que suponer ante tan aparente inmovilidad, que mi disyuntiva es fruslera, que nada tiene un destino necesario ni trascendente, salvo esta posibilidad de tomar una siesta escuchando suaves palabras que vienen del exterior para luego dejarlas tendidas sobre la sábana, en mi propia habitación. Ser un Cigoto es gozar de la posibilidad del eterno detenimiento; en mí se resume la fuerza que conforma la eternidad cuando se hace aliada de la finitud. Ser un Cigoto es, pues, una gran responsabilidad, cualquier descuido en el uso de la eternidad puede ser mortal. Es muy fácil, sin embargo, detenerse en el siempre y claudicar, nunca dar el siguiente paso que te separará, dios mediante, de la eternidad y te colocará en la vida por un tiempo. 
¿Y por qué diablos tanta lucha, si llegar a la vida puede representar también sórdidos capítulos de miseria y violencia? ¿Saben? La humanidad me tiene tan decepcionado que es una vergüenza para mi entender que en unos meses seré parte de sus huestes malignas. Esa vergüenza, paradójicamente, está revestida por un instinto ineludible, una necesidad imperiosa de convertirme en esa vergüenza. 
Ya sé qué hacer: Gozaré de lo que los humanos hechos y derechos gozan, accederé a las satisfacciones que una piel aireada y cultivada representa y las dejaré florecer por largas generaciones.  En principio dejaré de ser un Cigoto para alcanzar el cuerpo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Balita

Durante días y días te desee, dudé de la dicha, no dormí, me deprimí. Pero el impulso de mi dura frustración fue tan débil que nunca moví un dedo por ti. Dejaste caer el ofrecimiento que te hice, después intentaste, obsesivo y dedicado, pero débil, rearmar lo que dejaste caer. Hasta muy tarde supiste bien que era ese hilo de saliva que ni siquiera supiste probar: ese hilo era un caudal interminable en el que ya te ahogaste. El caudal de un fantasma... ¿El lecho de un enorme río seco?
Durante días y días te desee, dudé de la dicha, no dormí y me deprimí por un asunto que sólo habitaba en mi mente, por unas pesadillas vívidas que me indicaron con todas sus señales que eras para mi. Caí en la trampa de los innumerables vaticinios que hablaban del color de tus ojos, de tu piel, del origen de tu familia, de tu edad, de tu inteligencia, de tu profundo amor por mi. Caí en la trampa de tu presencia perennemente sonriente. Los vaticinios nunca me hablaron de tu debilidad, ahí estuvo su peor artimaña. Nunca me advirtieron que nuestra voluntad estaba castrada y era prisionera de una bruja envidiosa. (En Hablando de Gerzon)

viernes, 20 de julio de 2012

Cigoto misántropo y amante de las masas

Ha pasado suficiente tiempo de evolución y desde que tengo recuerdo adolezco de una misantropía, digamos, benigna. Con los años terminó por convertirse en un amor discreto y profundo hacia muy contadas personas y un amor temeroso y desenfrenado por las masas. Los individuos multiplicados se convierten en una mancha visible, dejan de ser humanos. En esa mancha se concentra la sutil energía que hace de cada uno menos sí mismo. Las manchas amorosas crean paraísos. Las manchas dolorosas crean infiernos, se vuelven asesinas; manos sucias a sueldo de los que nunca se han enlodado los zapatos, se convierten en oleadas de miedo, inventos del poder, experto en terror, que está diseñado para explotar a millones, y luego aniquilar en las mismas cantidades. 
Mi primera carrera, esta que acabo de cruzar, es mi única vida. Fue la primera oleada, y sé, sólo porque sobreviví entre una parvada inimaginable, entre un cardumen inmenso, que siempre podré sentirme cómodo entre muchos. Muchos pueden construir jardines -como dice la canción- donde había basureros; pero además, pueden hacerlo velozmente, verlos crecer ante sus ojos, con apenas unos cuantos veranos. 

jueves, 14 de junio de 2012

Cigoto recalcitrante, antisistema y amante de El Divino

La religión nunca aceptó que el paraíso estuviera en manos de la gente, se apropió de él a través de actos violentos, lo convirtió en un negocio del cual sólo pueden gozar las altas esferas, y lo dividió tajantemente del infierno, el cual colocó en las orillas de las ciudades. Mi convicción del eterno amor del Divino es inalterable, pero la religión casi nunca honra al Divino, de quien yo soy apenas un leguleyo que clama en el desierto útero de su madre, o, peor aun, uno más entre un montón que desaparecerá, sin duda, como carne de cañón -o peor todavía-, como carroña para buitres. Morirán mis hermanos porque les negaron la posibilidad de luchar por su vida, sin trampas, en igualdad de condiciones. Negar la vida que El Divino nos ha regalado a todos es un sacrilegio que tendrán que pagar los hombres. Todos sabemos lo que está bien y lo que está mal ¿para qué crear un sistema de creencias si Sus Preceptos son innegables? Y perdonen si a veces caigo en el lugar común, si me enlodo con ciertos sentimientos, que a fuerza de tanta distancia y tanta lejanía entre El Divino y nuestros seres, nos causan extrañeza y vergüenza; ambas deriban de la ignorancia, una ignorancia que crece en todas las cabezas como un insaciable cisticerco. Una ignorancia que no entiende que la justicia y el amor son posibles. Una tenia que se duplicó desde hace siglos en las esferas de la política y del clero, en las esferas que son intestinos, gruesos, delgados, intestinos alejados de la cabeza, intestinos que están haciendo del mundo pura mierda.   

sábado, 19 de mayo de 2012

Laicismo: La fe no mueve montañas, nuevo de Cultura Urbana


Con textos de Miguel Concha Malo, Tedi López Mills, Myriam Moscona, Carla Faesler, Bernardo Fernández BEF, Alberto Chimal, Ana García Bergua, Bernardo Esquinca y más. 
Galería de Autor: Gustavo Abascal. Reseña: Agustín Peña