martes, 15 de agosto de 2017

Recuerdo vívido

En efecto, la historia que les contaré a continuación no es muy distinta a la que cuentan algunos diarios en esta ciudad. Los que son como yo, antes eran como ustedes. Algunos se deleitaban, no sin cierto escalofrío o retortijón, viendo nuestras imágenes en las primeras planas. Para algunos somos tan atractivos como esas bonitas e impecables modelos que aparecen en las revistas para mujeres. Aunque nosotros no solemos salir muy limpios, normalmente no estamos sonriendo, ni nos vemos guapos. Sin embargo los diarios donde aparecemos todos los días se venden como pan caliente. Somos, desde muy distintas perspectivas, un gran negocio.
Yo, que tengo varias horas en esta circunstancia desafortunada, no podré siquiera mirar mi foto, y qué bueno. Hoy comprendo que en realidad los que estamos como yo, somos todo menos atractivos. Los tipos que me dejaron aquí no tuvieron la delicadeza de maquillarme un poco antes de irse muertos de la risa en su camionetota. Me dejaron en una pose humillante y triste y yo ya nada pude hacer para acomodarme y aparecer en la foto del diario con un poco de dignidad. De cualquier modo no niego que ser un espectáculo de un día sobrepasa mis ambiciones de fama. En realidad la fama nunca me llamó la atención. Pero el dinero… ¿Quién no quiere dinero? Sé que ustedes lo comprenden bien.
Antes de estar en esta circunstancia yo no tenía mucho más de lo que tengo ahora. No sé donde pueden estar mi madre y mi padre. Nunca tuve una familia, sin embargo y por muy raro que les parezca, tuve una casi enfermiza adicción a la literatura. Por eso sé cómo contarles esta historia. Después de que uno lee muchos libros ya sabe, como por arte de magia, como se debe escribir correctamente. La lectura, además, despierta la imaginación. Aquí donde me ven, en esta condición tan desagradable, yo sigo teniendo mucha imaginación. Recién he comprobado que la creatividad no se pierde con la muerte. Lástima que esta triste historia no sea imaginaria.
Hace tiempo leí a un escritor estambulí que me marcó de por vida. Esta vida marcada por aquel escritor, que aun vive felizmente galardonado,  apreciado y querido por todos, fue demasiado breve. Y es que la literatura –llegué a leer– a veces es un vaticinio. Curiosamente, cuando leí ciertos pasajes que narró con maestría aquel escritor tan admirado, sentí un estremecimiento tal que tuve la sospecha de que estaba leyendo una premonición. Pero, como aquella premonición era  desgraciada, preferí olvidarla. Hoy se ha cumplido.
Los desgraciados que se fueron muertos de risa en su camionetota me asesinaron, sí. Pero antes me llevaron a un bosque oscuro que queda muy cerca de la ciudad. Entre dos enormes cedros colgaron una cuerda a modo de columpio y ahí me sentaron, amarrado, y comenzaron a balancearme. Uno de los risueños empezó cortándome una pantorrilla con una sierra eléctrica cuyo ruido debió escucharse a varios kilómetros a la redonda. Una vez cortada mi pantorrilla siguieron columpiándome y mientras más fuertes eran mis gritos de dolor (que debieron escucharse a varios kilómetros a la redonda) más fuertes eran las carcajadas de mis asesinos. Después me cortaron la otra pantorrilla, y los dos brazos, y quedé así durante largo rato, convertido en una especie de tamal triste, mientras la vida se me iba en aquel vaivén mortífero sobre el columpio. Al final, para asegurarse de mi muerte, me cortaron lo último que me quedaba, la cabeza, que cayó al suelo en una mueca que aparecerá en la primera plana del periódico de mañana.
Me alegro de que alguien me haya encontrado pronto. Dice el escritor estambulí que cuando un cuerpo inerte permanece sin sepultura y sin que sus familiares y seres queridos lo encuentren, su alma no tiene reposo. Supongo que nunca reposaré, no hay familia que me reclame. Mi cuerpo nunca esperó ser encontrado por nadie. Antes de que aquel campesino notificara mi hallazgo a las autoridades y los periodistas de nota roja se acercaran con tanto interés, me inquietaba la idea de que llegara un perro y lengüeteara y mordiera mis miembros dispersos bajo el columpio, eso era todo. Estar muerto es casi lo mismo que estar vivo. Uno puede recordar los pasajes literarios de la misma forma que los recuerda en vida, puede repasar una y otra vez las risas y los rostros de los matones a los que vio antes de morir, y es exactamente igual. Yo, que nunca tuve una madre que me inculcara la idea de la vida después de la muerte, sólo me preocupé por ese tema cuando los risueños me subieron a la camioneta. Sólo hasta ese momento empecé a preguntarme qué se sentiría estar muerto, nunca pensé que no se sentiría nada. Mi tránsito de la vida hacia la muerte se vio oscurecido por el dolor que me dejó inconsciente. Ahora me pregunto si hubiese preferido morir totalmente despierto, por decirlo de algún modo, y así poder contarles con mucha más precisión lo que es dejar de existir. Habría descubierto el hilo negro que hace del más allá un enredo que ha roto las cabezas de toda la humanidad, al menos de quienes, como yo, se ocupan de los libros.

Aquellos risueños no debieron matarme, cometieron una equivocación de la que se habrán dado cuenta hace varias horas. Yo no soy el infeliz al que estaban buscando, me parezco, pero no soy.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Dos muertos

Tu alma me anda buscando por los pueblos donde crecí, junto al ganado, las bicicletas, los patines, los estudiantes y los golpes de hermanos. Suele rondar también entre lo que he imaginado. La descubro, mas está siempre tratando de disimular. Cuando al fin me encuentra un latigazo de vida la golpea en la cara, pero desvía la mirada, haciéndose la distraída con algo más conspicuo que mi presencia. Se atraviesa entre las palabras de mi amigo, de mi vecina. Me la encuentro de lejos, se aparece, me persigue, pero huye. Tu alma es una stalker que intenta descifrar el mensaje velado, alusivo, aquí, allá, evitativa. En algún pasado lejano mi alma te andaba buscando, cuando te encontró, avanzó hacia ti con tal fuerza que te rompió el cuerpo. Ahora somos un inocente dividido entre dos desaparecidos.

domingo, 6 de agosto de 2017

Yo y la mujer de Isaac Kunts

Estoy casada con un hombre muy conocido. Todos me conocen a mí también, me tienen como referencia en ciertos medios, mis amigos se mueven en las altas esferas, donde, por cierto, todos saben el nombre de mi marido. Cuando salgo a algún lugar y me encuentro con conocidos me preguntan con frecuencia ¿Tú eres la esposa de Isaac Kunts?, suelen agregar cosas como ¡Qué gusto verte! o ¿Cuándo nos tomamos un café para platicar sobre ese asunto que quedó pendiente? Entre todos mis asuntos casi nunca tengo tiempo para recordar los que quedaron pendientes. Yo respondo siempre con absoluta diplomacia, trato de ser amigable con todo el mundo. 
Esta mañana me quedé largo rato mirando al espejo como mi imagen se ensombrecía, dejaba de ser ella y se convertía en la esposa de Isaac Kunts. De tanto dejar de ser reconocida por mi propio nombre he empezado a olvidarlo. Hubo en mí un impulso: una y otra vez dije la palabra “Yo”. 
Yo quería tener amantes. Mi marido es el hombre de mi vida, pero no puedo evitar enamorarme de otros: es normal.  Así me lo ha hecho ver él mismo. Cuando conocí a aquel joven mi mente no pudo evadir la obsesión por su sonrisa. El muchacho no era por ningún motivo un hombre exitoso, eso lo hacía aún más deseable. Hice lo que pude para agenciármelo, por lo demás, eso para mí es sencillo. Yo, como esposa de un hombre importante, puedo darme el lujo de pagarle a mis amantes a quienes exijo absoluta discreción. No es que no los ame, se ha dicho que el amor pagado no es amor: mentira. Yo los amo y por eso les pago. Ser amante de la esposa de un hombre como mi marido tiene sus consecuencias y una de ellas es convertirse en un empleado.
A Isaac jamás le confiaría que lo engaño, pienso que no lo entendería. Alguna vez intenté decírselo, pero, como suele ocurrir, no prestó atención a mis palabras.
Aquel joven se acercó amistosamente hacia mí y yo le propuse sin mayor aspaviento que fuera mi amante: me coloqué frente a él, acerqué mis labios a los suyos, lo miré a los ojos, le hice la propuesta en el oído. El muchacho entendió todo muy bien. Cuando empezamos a hablar fue para establecer los términos de su contrato. Yo, como la esposa de un hombre exitoso, no puedo dejar ningún contrato sin firmar. Le pagaría un automóvil y el club deportivo para que se mantuviera en mejor forma que nunca. No puedo tener amantes que no estén en excelente forma. Nuestra relación funcionó de maravilla. Cuando yo estaba con él dejaba de ser la esposa de Isaac Kunts para volverme su mujer. Más, como la esposa de Isaac Kunts que vuelvo a ser inevitablemente, no puedo darme el lujo de enamorarme ni más ni menos de la cuenta. ¿Cómo desperdiciar el capital entero en uno solo cuando mi marido está ahí para solventarme tantos?
Aunque trato de ser amigable con todo el mundo a veces el mundo no es amigable conmigo. Cuando vuelo y mis pies están demasiado cerca del mundo, sobre superficies no muy deseables, -como arboledas o rocas- siento que mi choque con él puede ser más que molesto. Mas, cuando estoy en mi fase ciudadana, imagino que sería peor chocar contra un pedazo de fierro. El mundo es mejor que varias toneladas de fierro.
Justo la tarde en que pensaba dejar a mi joven amante lo cité en una antigua casa adaptada como hotel, en la colonia Condesa. En la habitación principal hay un hermoso baño con un domo en forma de espiral que da al universo, cuando lo vi salir de ahí con la piel enrojecida desee no ser la esposa que soy. Pasamos la tarde juntos y nos despedimos en la puerta del hotel. Justo a esa hora pasó mi marido junto a nosotros, mas, como suele ocurrir, Isaac hizo caso omiso a mi presencia y siguió de largo. Imaginé que de pronto, al cruzar la calle, varias toneladas de fierro se le iban encima. Siempre que veo a Isaac pasar de largo experimento la misma rabia. Trato luego de tranquilizarme. Sé que de tanto engañarlo he ido trocando mi aspecto, de tanto ser yo me he vuelto una desconocida.





jueves, 13 de julio de 2017

El principio de todo (Fragmento)

El deseo de placer reina en la catástrofe de forma indiscutiblemente egoísta, esta verdad la ilustran novelas como Loxandra, de Maria Iordanidu, donde una mujer vive inmersa en un pequeño paraíso familiar e ignora –o finge ignorar- lo que ocurre fuera de su casa en un suburbio estambulí durante el genocidio armenio, o bien la ilustra aquel pasaje de La peste, de Camus, donde los habitantes de Orán se gastan lo que tienen en los restaurantes y bares de una ciudad en cuarentena, mientas conversan sobre cosas frusles y tratan de olvidar a sus amigos y familiares recién muertos por la peste bubónica, y recuerdo una novela más, La mancha de sal, de Emilio Zomzet, en la cual los muchachos y las muchachas de un internado se escapan de sus separados dormitorios atestados de entidades sobrenaturales y amenazantes, sólo para marchar despavoridos hacia el bosque y copular.

martes, 11 de julio de 2017

Vaticinio

Hace algunos años, en una de las transmisiones del programa “Zigma, ideas para mañana”, que hice junto a mis amigos Agustín Peña y Eugenio Echeverría, tratamos el tema de la parapsicología y los fenómenos paranormales de la mente, en la perspectiva de Arthur Koestler, citamos ampliamente un ensayo que sobre su vida, obra y humanidad, escribió Vargas Llosa, y que fue publicado en Letras Libres. Caí en la cuenta de que aquel programa en sí mismo pudo ser un vaticinio que probara, como no queriendo la cosa, la seriedad de la tarea parapsicológica y de este modo colgué en mi cuello y en el cuello de mis amigos, el único milagrito que pudimos haber predicho, pues, exactamente al día siguiente de aquella transmisión se anunció el premio Nobel de literatura a Vargas Llosa.
El asunto viene a cuento por que cada vez creo más en los vaticinios. Conforme creo más en los vaticinios, más creo que mi futuro literario será escribirlos.
Hoy me contó candorosamente un amigo cómo predijo para sí mismo la muerte de Colosio; describió la visión de la siguiente forma: “Vi la cara de Colosio en la televisión y de pronto me pareció que era Kennedy, en ese momento dije en voz alta: a este güey lo van a matar” Mi amigo lamentaba no haber dejado un registro escrito de aquella premonición, que justo al otro día se volvió una realidad que lo dejó estupefacto.
Recordé como la desgracia suele estar presente en los vaticinios, cómo estos parecen a veces dictados por una conciencia maléfica. 
Casi siempre le negamos nuestra conciencia a la desgracia; sin embargo, cuando se es auténticamente feliz se sabe que la adversidad es inevitable, pero también se sabe que se cuenta con el aditamento espiritual para soportarla. Uno de estos aditamentos es precisamente la capacidad de premonición: el aviso. Recibir vaticinios, a través de sueños, presentimientos, señales o palabras de otras personas, sólo revela una sustancia común a todos los individuos,  pero esta sustancia sólo se produce abundantemente en individuos muy excepcionales.
No sólo la desgracia habita en los vaticinios. La desgracia y la felicidad, pues, son realidades predecibles. Un vaticinio es una visión difícil de reconocer para muchos, un pensamiento que tendemos a ignorar por pereza o a encontrar falto de verosimilitud. Nunca se debería ignorar un vaticinio, sea feliz o infeliz, puesto que siempre trae consigo una mínima o grande posibilidad de cambiarlo si es desgraciado y de ayudar a provocarlo si es feliz. Ignorar un vaticinio feliz es alejar su posibilidad, ignorar un vaticinio desgraciado es acercarla. Aceptar un vaticinio pasivamente, entonces, puede traer consigo la infelicidad. El vaticinio no es una realidad, sino una perspectiva hacia futuro si no se hace lo necesario para cambiar las cosas, en caso de ser malas. Esta perspectiva se debe alentar para provocar esas cosas, si son buenas. Por tanto, un vaticinio siempre invita a la acción. Aquel que recibe un vaticinio debe escucharlo, tomarlo en cuenta, decirlo o escribirlo, pero sobre todo debe procurar hacer con él lo mejor posible, para que se desvanezca o se haga real.




La felicidad


Si la felicidad fuera un fenómeno expansivo que bañara todo el orbe e incluso al universo, seguramente se consolidaría -algún día- como un fenómeno feliz.
Una felicidad que se sabe acompañada de la desdicha ajena no puede ser felicidad. Por ese motivo la felicidad nunca ha sido permanente, sino para el ignorante. Haría falta una especie de campaña de reanalfabetización para que el iletrado desaprendiera a ser un individuo social, para después tener el genuino sueño de ser feliz, para luego empezar a luchar para alcanzar el sueño y así obtener un poco de él, sólo un poco... Para quien la felicidad es una condición aprendida, o para el que piensa que una sonrisa siempre ensayada es la felicidad, la infelicidad ajena es un hecho ignorado. Para quien finge estar feliz siempre los infelices son unos estúpidos, a quienes no se debe prestar atención, ni de los que se debe tomar ejemplo. Los felices perennes no son capaces de prestar atención ni a sí mismos.
Todos coincidimos en que la felicidad no es necesariamente la abundancia, ni la parquedad, ni es una circunstancia permanente, y coincidimos en que la felicidad no es privativa de ninguna clase o raza; sin embargo hay muy sólidas posibilidades de que esta sociedad de consumo la privatice por completo.

Aristóteles escribió sobre el justo medio, que situaba el estado ideal de las personas en el equilibrio, en la concordancia, en la templanza, en la medida justa de las cosas… sin embargo el justo medio tampoco es la felicidad, sino una propuesta para llevar la vida con la dignidad necesaria para hacerse acreedor a una dosis de felicidad, que se irá repartiendo en pequeñas cucharadas a lo largo de la vida, a intervalos de infelicidad. Hay un acuerdo mutuo entre las personas en cuanto a que la felicidad es una condición a la que todos quieren llegar, sin embargo, las discrepancias se desatan en forma tristemente violenta en el preciso instante en que se intenta descubrir el método, el modo, o el camino... Si pensamos en la felicidad en términos globales, deberíamos decir que hemos vivido en un mundo infeliz. Puesto que hemos inoculado en él un agente morboso de insatisfacción, y propagamos infelicidades todos los días, para luego vender antídotos. (Fragmento de guión radial)

miércoles, 14 de junio de 2017

Alado ídolo II

Tú pateaste a mis perros excitados,
desollaste a la oveja que amó
el brillo en el colmillo del lobo,
desoíste las cincuenta súplicas
del cerbero detrás de la puerta,
asesinaste al dragón
y luego abandonaste
el vellón dorado.


Alado ídolo


Tú mataste a mi fantasma,
se quedó desorientada mi alma  
y no sabe danzar mi cuerpo
torpe y vacío
sobre tus piedras,
ni saltar hasta el altar donde te sueñas
como el dios de las lechuzas,
ni remontar el tenue aire
que tu aleteo mueve.
 

miércoles, 7 de junio de 2017

Oración

Líbranos de tu presencia antifaz de terror,
líbranos de tu influencia por el amor de dios,
líbranos de la existencia de los dioses,
Diosito, por favor.

martes, 30 de mayo de 2017

Oveja prêt-à-porter


Hay un presente

customizante
y 
concupiscente

y tú eres 
el único

sobreviviente.


Si vas desnudo

y sufres hambre

mi carne cómete

y con mi piel
 vístete.

Verso apátrido

Y así comienza un verso apátrido, átono, apático… Un verso en prosa, que no tiene una intención honrosa, ni voluntad, ni valentía, ni intensidad, ni espera de la letra cosa alguna. Un verso que más que verso es laguna turbia de la inspiración, agua estancada. Un verso que no tiene musa enarbolada, ni himno, ni canción, que no quiere, ni quería, ni está enamorado, ni turbado siquiera. Un verso que no es amo ni fámulo, ni rey ni vasallo. Un verso callado, que no rehusa, ni acusa, ni de algún lado se pone, ni a alguna causa se opone. Un verso indolente, que no despierta el interés de la gente, que no se precia de ser decente, ni grosero, ni imprudente, ni oprobioso. Un verso abúlico, flemático y calmoso, que no clama, que no ama.

lunes, 29 de mayo de 2017

Sin señal


Un colmillo sobresale 
entre unos labios 
desatando mi curiosidad,
ahí me detengo 
durante un rato sin lograr 
que las palabras que lo tocan tan de cerca 
me digan lo que quiero saber. 
Nada resuelve el misterio del deseo.

martes, 23 de mayo de 2017

La vaca habla a la piedra


¿Por qué te quedas en la orilla mirando cómo abreva esta vaca?¿por qué, desde que me detuve con mis grandes ojos a mirarte, y con mi larga lengua a lamerte, piedra dulce, piedra de río, no has cambiado tu forma en lo más mínimo?¿por qué no cobras vida verdadera?¿por qué te quedas ahí inamovible y triste como la historia de siempre?¿por qué no trasciendes como carne, -como un bistec, si tú quieres- y dejas de derramar lágrimas bajo la corriente?
No tengo otro lugar a donde ir, esta orilla me sostiene. Tú eres lo único que encontré en este camino, estoy condenada a ti, a ti vendré a morir y serás mi tumba y aquí estaré, piedra, después de la sequía, después de que este río se vuelva un basurero, después de que no quede de mí ni el desdén de los buitres, ni el olvido de los gusanos.



sábado, 13 de mayo de 2017

De los amantes de Babel a la señora Vaughan

La construcción de la torre de Babel fue una magna obra arquitectónica que cobró dimensiones históricas inimaginables. Este suceso generaría una serie de reacciones inconmensurables en la historia antigua, se convertiría en un pasaje bíblico fundamental y encarnaría el más hondo miedo en el hombre occidental durante siglos.

Una de las leyendas en torno a la torre de Babel es aquella que habla sobre la humillación sufrida por un rey sumerio a manos de su pueblo, tal humillación era parte de un ritual anterior a su apareamiento con una diosa. Durante el ritual, el pueblo al unísono rezaba por la preservación de la vida sobre la tierra. Aquel apareamiento deja abrir una inmensa puerta a la imaginación morbosa del ser de aquel tiempo. Y a los lectores actuales nos hace figurar -en nuestra íntima imaginación- a aquella mujer voluptuosa cuya posesión debía significar el estado interior más terrorífico para el hombre capaz de perpetuarla, un sacrificio atroz en pro de la humanidad. Otra leyenda habla sobre la soberbia que empujó a los hombres a apostarse sobre la torre con el objetivo de matar a Dios con sus patéticas lanzas.  Hombres más bien conmovedores, que con toda su grandeza todo lo habían hecho mal, y por tal motivo sus almas fueron corrompiéndose. Merecían todo el terror que pudieran soportar. El Dios iracundo los masacró, destruyó sus obras, diversificó sus lenguas y los dividió para siempre. Estas leyendas, que surgieron en lo más profundo de la cultura popular judía, se difundieron por todo el mundo antiguo hasta alcanzar gran fama. Las historias que narraban la destrucción de la humanidad y con ella sus más horrorosas consecuencias, fueron quizá las más populares del mundo antiguo. Prueba de que el horror vende.
Leí hace ya varios años un libro de un joven escritor de nombre Bernardo Esquinca, que llamó mucho mi atención -publicado por Almadía, Los niños de paja- porque su naturaleza me pareció encantadora, cercana a esa figura grave que pretenden dar las primeras películas de terror y que tanta tentación producen. La octava plaga, Toda la carne, Carne de ataúd, libros de la saga Casasola del mismo autor, nos muestran una narrativa consolidada en la que el terror cinematográfico, la nota roja y el género fantástico se conjugan en un sostenido y afortunado aliento que está a punto de dar a luz una obra más: Inframundo. La literatura de terror me sedujo en forma natural y me parece que lo mismo le pasó al imaginativo y atípico Bernardo. 
Para explicar la seducción que ejerció sobre mí el lado oscuro, tendría que remontarme a una infancia demasiado temprana, durante la cual tenía un sueño incómodo; soñaba que estaba en un jardín, que ahora puedo calificar de rococó. Entonces yo veía a unos ángeles regordetes y de curvas pronunciadas, pronto me daba cuenta con espanto de que yo era una de ellos. Sentía vergüenza y unas ganas terribles de escapar  de aquel conjunto de fuentes y rosales de castilla que exhalaban dulces aromas. Todo aquello me parecía terriblemente trágico y nauseabundo. Entonces, cuando aquellas pesadillas dejaron de acudir a mi cabeza y al pude leer con mis propios ojos, me incliné por personajes contrarios a estos ángeles rococó; personajes que albergaban alguna oscura perversidad. Y en mis primeras lecturas tuve A sangre fría, El retrato de Dorian Gray y La piel de zapa… de ahí para adelante fueron Fausto, con su tan temido Mefistófeles, El matrimonio del cielo y el infierno de William Blake o una obra maravillosa del autor sueco Emanuel Swedenborg, llamada Del cielo y el infierno.
Los personajes  buenos, positivos, cool, nunca me cayeron bien, siempre me parecieron falsos. La perfección siempre me resultó demasiado ajena.
Me incliné, pues, a aquellos monstruos literarios del tipo psicológico, (aunque ya en la narrativa, me gustó experimentar –en tono de burla, con monstruos que, además, tienen una sobre naturalidad física. Saber que un psicópata era un ser posible me inquietaba. Pensar que en la realidad existían seres incapaces de comprender el terror y el sufrimiento de los demás, de las víctimas, me pareció fascinante. Pensar que había seres que por alguna circunstancia habían perdido sus neuronas espejo, me pareció seductor.
Una historia llamada El gran dios pan, de Arthur Machen, autor galés, que vivió parte del siglo XIX y casi hasta la mitad el siglo XX, me trae el recuerdo de un personaje literario y monstruoso muy peculiar: La señora Helen Vaughan, quién a lo largo de la historia adquiere nombres distintos como La señora Hebert o la señora Beaumont.  Esta señora de personalidad múltiple era hija de una bellísima mujer que en su juventud fue sometida a una operación –por un amante científico- mediante la cual sería capaz de abrir su limen mental a un nivel insospechado, y que, por una especie de inducción -nunca explicada en el texto- haría tener ante su presencia al dios Pan. La obra insinúa brutalmente que entre la mujer sometida a dicha operación y el mismísimo dios Pan hay un coito que hace engendrar a una mujer bella, fatua, extraña y perversa que causa la ruina y la muerte de muchos hombres de la alta sociedad parisina e inglesa. En esta narración hay un detalle que me sorprende: sin escribir una sola escena espeluznante, Arthur Machen  despierta  en el lector el lado morboso que entiende  e imagina  a la perfección cuando la sangre está presente en un relato. Este personaje monstruoso –mitad mujer, mitad diosa romana, insertado en las altas esferas de la sociedad inglesa en tiempos cercanos a Jack el destripador fue todo un éxito. Cómo ven, en dos tiempos muy lejanos el uno del otro, se registra en la literatura, pues, el encuentro sexual de una deidad pagana con un humano, con consecuencias catastróficas para los personajes y muy rentables para los autores en cuestión.
Los lugares comunes fueron constantes en la literatura de monstruos con la que me he topado a lo largo de mi vida. Aquellos monstruos enmarcados tan magistralmente por Tolkien tuvieron escenarios naturales imponentes, la misma niña Helen Vaughan tuvo como testigo de las primeras y misteriosas manifestaciones de su inenarrable maldad, un bosque enorme y antiguo. Las casas embrujadas fueron lugares comunes que alcanzaron a acaparar la cinematografía y la memoria del colectivo universal. La referencia a los dioses de la antigüedad son platillo frecuente en la literatura de terror del siglo que conoció Lovecraft. Los elementos de la naturaleza tienden a una profunda vinculación con los monstruos literarios; un ejemplo que no puedo evitar citar es el cuento Los sauces. Algernon Blackwood, autor prolífico pero bastante despreciado y minimizado en su tiempo, escribe un texto en torno a una gran ciénaga ubicada en cierta zona desierta y salvaje del río Danubio, en la cual crecen enormes extensiones de sauces llorones. Un par de muy cercanos amigos deciden hacer una aventurada excursión a todo lo largo de la ribera y se ven forzados a acampar en esta zona, en una movediza isla de arena en un paisaje desierto, interminable y cambiante que  infunde un profundo respeto por su belleza y su peligrosidad. En este lugar habitan seres sobrehumanos que reclaman sangre a cambio de aquella estancia molesta. Estos seres se insinúan en el texto como alguna especie que ya no encaja en el movimiento citadino y que está aun viva en las leyendas húngaras.
Hay un notable apego por las leyendas tradicionales en la literatura de monstruos. Incluso en las películas de terror encontramos sortilegios provenientes de aquello que por intereses políticos ha sido insistentemente desprestigiado a lo largo de la historia moderna; aquello que es tabú, contrario a la religión católica dominante, aquello que se forja a partir del prejuicio o la inconveniencia, que está más allá de los miedos, más allá de lo humanamente posible o permisible, más allá de la ley, etcétera.  Pero hay historias y personajes siniestros que provienen del subconsciente de su propio autor, cuya horrorosidad es toda origen de una imaginación perturbada, como fue el caso de ese otro autor, muy querido por la juventud, que es Guy de Maupassant, quien, por cierto, escribe en años cercanos a los de Arthur Machen y Lovecraft, y quien, como todos sabemos, fue víctima de la locura. En años muy cercanos al agravamiento de su enfermedad, años también muy cercanos a su muerte, Guy de Maupassant escribe sus textos más conspícuos de terror, el famosísimo El Horla, Él, Junto a un muerto, La mano, La cabellera, ¿Quién sabe?. 
¿Quién sabe? es uno de los textos de horror más conmovedores de Maupassant, la historia es muy original y honesta, escrita en el periodo previo a su total extravío mental. Escrita con un terror que no sólo concierne al personaje sino al artista mismo, que lo experimenta en carne propia. El personaje es un pequeño burgués dotado de una encantadora y tímida misantropía. De pronto ve cobrar vida y partir de su casa a todos los objetos que ha ido acumulando durante su relativamente joven vida: muebles, tapetes, obras de arte, sin poder hacer nada para detenerlos, víctima de la cínica ambición de un anticuario.
Y para finalizar volveré al tema de mis propias pesadillas; les contaré que a una edad cercana a la pre pubertad empecé a soñar inexplicablemente una serie de sueños recurrentes,  sueños terribles: en uno de ellos una hilera de cuerpos era acribillada una y otra vez por una horda de soldados enloquecidos en una playa en que la arena me golpeaba brutalmente los ojos hasta hacerlos sangrar... en otro aparecía un hombre diabólico en medio de una noche oscura y me gritaba que me quedaría ciega, en tanto arrojaba a mi cara clavos que yo apenas alcanzaba a esquivar. ¿Porqué le ocurría eso a una niña?.

El caso es que para que aquellos sueños no me lastimaran tanto empecé a escribirlos. Después supe que en el mundo existe el verdadero horror y que sólo hace falta enfrentar la realidad social para entenderlo. (Esta es una versión actualizada de un texto que escribí para leer en la UANL, Monterrey)

viernes, 12 de mayo de 2017

Encrucijada








Si llegas hasta aquí es porque te gustas demasiado. Te he dicho ya que eres la chica más hot, eso te ha de gustar, por eso regresaste.
Me he encontrado a muchas que llevan tu nombre, aparecen en mi vida como signos animados de algún vaticinio complejo y misterioso que no he descifrado. Muchos de los nombres de las cosas me llegaron de la misma manera. Nadie sabe lo que estará escrito en la siguiente página si es la primera vez que lee el libro. El nombre de mi librería, "El vaticinio", por ejemplo, no fue propuesta mía sino de una joven publirrelacionista. Tu nombre llegó a mis páginas por una jugarreta de la vida.
Tus ojos, nena vanidosa, están aquí. Aquí tú, yo aquí: no somos casualidad. Aquí las palabras forman ejércitos de fantasmas que no hacen ruido, pero que marchan firmemente hacia ti, hacia tu mente preciosa. En esta encrucijada se encuentran tu presencia y su sentido. Eso tampoco es casualidad.

jueves, 11 de mayo de 2017

Piel luminosa









Yo no amaba a nadie hasta que la vi. Era apenas una sombra diminuta caminando a pleno sol de medio día, pasaba por ahí sin que nadie la viera hasta que yo la vi. Era una chica más bien fea que vestía unas ropas holgadas y poco atractivas.
Un día escuché a una de mis amigas elogiar su cuerpo, el cual yo desconocía del todo, porque nunca dejaba traslucir nada de su piel tras los ropajes de talla grande. Yo no pensaba en su carne. Era una modesta templanza en su mirada, en su sonrisa, lo que adoraba en ella, nunca pensé en su cuerpo sino en su aliento, en lo que saldría de su interior. La amé cuando creí que era mi chica invisible: menuda y lacónica bajo la luz del sol de medio día o en las tardes de nubes.
Ya no puedo adorarla porque sin previo aviso se convirtió en la chica más hot, empezó a salir con el soltero más codiciado del momento, es famosísima y lejos de ser sombra brilla como un ángel blanco ante las cámaras de cine.  
Antes, cuando era sombra, se conformaba con sonreírme a lo lejos y ahora una de sus empleadas me incluye en el mailing repetitivo y lleno de clichés con el cual procura evitar que me salga de su club de fans, que admiran su cuerpo y la luz que emana de todo su ser y de su mente brillante.


lunes, 1 de mayo de 2017

La madre de Estocolmo

Ya viene para acá. Pude escuchar nuevamente su voz gracias a tu infinita compasión, amada virgen.
No sé cuanto falta para que esté aquí y me rescate de estos días de asueto forzado en los que mis compañeros de trabajo preguntan por mí constantemente, preocupados.
Me desapareciste hace ya varios días y me extraña que no me hayas matado con tus manos rebosantes de poder.
Ya ellos se encargaron de la parte más fácil, dijiste. Lo mío no son las violaciones ni los golpes, a mi no me gusta eso, yo más bien las cuido y trato de que ellos no hagan muchas pendejadas, ellos son mis hijos, pero son hombres. Lo difícil es reconocer que tú eres un ser humano, mija. Tú les gritaste a ellos que dejaran de violarme, los abofeteaste, eso escuché. Ya no volverán a hacerte eso, me dijiste luego.
Quiero seguir con vida pero no quiero volver con mi padre, no quiero tener miedo a la muerte otra vez.
Ya viene para acá. Miro a través de la ventana que piadosamente pusiste frente a mi, una ventana que da a un jardín con macetas que tú misma cuidas, acaricio las frazadas que me echaste encima por esa misma piedad, pienso que para ser una secuestradora eres bastante gentil, si no fuera porque me amordazas yo podría ser, además de tu hija, tu amiga. Una tarde me dijiste, te voy a llevar a otra parte para que no te deprimas tanto, no te voy a hacer nada, voy a cuidar de tu vida porque aunque soy una hija de puta no soy tan mala, y no voy a permitir que mis hijos te maten. Sólo somos pobres y necesitamos el dinero, pero no somos pendejos y no te vamos a hacer daño si tú cooperas con nosotros. Te voy a llevar para que veas mis plantas. Te voy a dejar en el cuarto y te vas a destapar los ojos. Repetimos una y otra vez esa operación sin que yo mirara jamás tu rostro divino. Pienso que soy como una de tus plantas: ajada pero viva.
Me dices que ya viene para acá, me acercas un plato de sopa, es de verduras y me la das en la boca por última vez, madre mía. Te vas a ir buena y sana, dices antes de la cucharada.
Me pregunto si podrás lograr que mi padre y yo nos volvamos a ver, pienso que alguno de mis hermanos vendrá a darme el tiro de gracia, me pregunto si realmente te obedecerán después de que tengan el dinero. Ellos son hombres.
Me mantuvieron muy bien atada, yo cooperé en todo, mis ojos nunca vieron un solo rasgo de sus rostros. Tú te has empeñado en mantenerme viva porque sé que en el fondo me quieres ¿verdad que me quieres, madre?, también porque debo contestar de vez en vez el teléfono para que mi viejo padre recargue energías para seguir juntando el dinero de mi rescate. 
En la desesperación se conoce el amor verdadero y yo nunca tuve un amor como el tuyo.
Cuando era libre, cuando no te tenía, una joven me dijo que yo era una mujer feliz,  no sé cómo ella lo sabría cuando ni siquiera yo lo sospechaba. Aquella amiga lo decía porque yo aprendí a volar, y todos creen ciegamente en el cliché de que volar es ser feliz. También me dijo que muchos se burlaban y hablaban mal de mi y que mi alfombra mágica era motivo de inquina. Aquello no era una alfombra mágica. Para subirme a ella tenía que sujetarme muy bien todas las cintas y los broches de seguridad, debía ponerme un casco con barbiquejo, mi traje de cordura, mis botas de media caña, un vario, un paracaídas de emergencia... “Ojalá fuera una alfombra mágica”, pensaba cuando corría hacia la pendiente y me montaba sobre el viento laminar, sobre la termal o la nube, después de vencer el miedo a la muerte o mínimo a romperme las costillas en el despegue. Debía, poco a poco, durante el trayecto, acostumbrarme a vivir en el aquí y en el ahora para no montarme sobre la persistente idea de romperme las espinillas en el aterrizaje.
Hoy vivo aquí y ahora, sintiendo tu presencia, tus manos duras ayudándome a no tropezar, madre sin rostro. Me ha costado tiempo de entrenamiento arrojarme hacia el precipicio, pero hoy no me siento capaz de arrojarme siquiera al otro lado de la puerta. No quiero ser libre ni volar. Lo que quiero es quedarme aquí, inmovilizada, gestándome eternamente en tu obscuro vientre de madre secuestradora.
Ya viene para acá, antes que él llega a mi mente el silbido de una bala que no dio en su blanco, pero que pasó muy cerca de mi oreja. Tus hijos me rompieron los dos brazos, me rompieron la nariz, casi me hacen perder un ojo.

Tú me limpiaste, sanaste lo mejor que pudiste mis heridas, entablillaste mis huesos rotos, fuiste una enfermera puntual. La bala no dio en el blanco pero su veloz paso por las cercanías de mi oído dejó una canción monótona y perenne ahí. Esa canción mantiene viva una pena tan honda que me da nausea. Él está por llegar. Me sentiré desvalida. No volveré a ser amordazada. Me quedaré sin tu gran sopa de verduras, sin tu dedicación, sin la delicadeza con que quitas la mordaza para que yo hable en monosílabos: sí, pa, pa, sí. Tus hijos me dejaron la lengua casi inservible, entre tanto jaloneo y golpe me la mordí fuertemente, sólo puedo engullir poco a poco tu sopa. Ya viene para acá mi padre y yo te perderé.

viernes, 28 de abril de 2017

Cortejo radiofónico


A veces quisiera evadir tus oídos, pero sé que no puedo.
He perdido la cuenta de los programas de radio a los que me han invitado, y de los que he hecho en años, divirtiéndome a un bajísimo costo: Radio UNAM, Ibero 90.9, Omega, Código CDMX, Imer, Radio Chapultepec, Radio Efímera, Radio Chapingo, Radio Educación y hasta Radio Texcoco y Radio Otumba. En las radios comunitarias he hecho numeritos tales como ponerme motes subversivos: “La generala” o “La piedra en el zapato” sólo para despotricar a mis anchas en contra de presidentes municipales o leer fragmentos de panfletos rojillos y crónicas de guerrillas extintas en la sierra.
Muchas veces me he equivocado, se me ha atorado la lengua. En el peor de los casos me ocurrió que se sentara a mi lado un incipiente poeta -de cuya presencia nadie me avisó previamente- fumando mariguana, tomando cerveza, haciéndose la súper estrella, tomándose el derecho de medir la consistencia de mis carnes mientras yo estaba al aire, etc. Dejé el programa a la mitad y salí de la cabina, muy enojada. ¡Vaya!, ¡todos quedaron encantados! Días después hasta me escribió el conductor principal para decirme que “qué padre” estuvo todo, su asistente también. Respondí con un reclamo al principal -y al asistente- por la presencia no anunciada del poeta en ciernes. Aquel programa era en honor a Dylan Thomas -que también fue radioasta- y se grabó por iniciativa mía. 
Entre las múltiples fantasías que me he inventado contigo está la de llevarte un día ante el micrófono a recitar poemas con tu voz serena y deliciosa, poemas desconocidos y seductores, y que me toques en la estrechés de la cabina.
Y mientras yo fantaseo tú te detienes a juzgarme, a escudriñar el tono amenazante y soberbio de mi voz cuando me despido de mis escasos escuchas, entre los cuales tú eres el único al que quiero impactar. ¿Te resulta mi soberbia entretenida?¿Singular al menos?¿Ni tantito miedo te doy?¿No han bastado mis amenazas para hacerte temblar un poco?¿No?¿Sabes que la amenaza puede jugar como arma de seducción? Yo ni juzgo, ni desmenuzo, ni tomo nota de la veces en que le falla la lengua a mi verdadero amigo radiofónico, cuyo nombre es A; ni de las veces en que se entorpece al aire mi amiga admirada, cuyo nombre es P; ni le resto puntos a mi maestro, cuyo nombre es J, en algún cálculo arbitrario sobre su inteligencia, ni paso mi escáner sobre sus actitudes corporales para medir su carácter fálico narcisista u oral, ni formulo una jerga feminista para darle trapazos. Eso lo hago cuando el tipo en cuestión es hombre y no es mi amigo verdadero y es sólo una masa de lugares comunes entre la machinada y la medianía. 
Tengo la esperanza de hablarte mientras aprietas los audífonos a tus oídos. Pienso lanzarte  mensajes amorosos y velados al aire. Ven a escucharme una de estas noches ¿quiéres?



martes, 18 de abril de 2017

Ojalá fueras una persona normal (fragmento)

Yo quería escucharte razonar frente a mí, verte en el proceso de articular alguna frase inteligente. Pero me bloqueaste como se bloquea a una persona por imprudente. Yo ya no voy a pedir más perdones por mi imprudencia, en el amor está permitida, por lo demás, soy inocente de ella: es producto de alianzas, nexos, asociaciones de ideas que se concatenaron en la pesadilla de amarte, en un mal despertar repetitivo donde veo mi pasado desmoronarse como un sueño en vertical.

Las escritoras escribimos: en nuestra conciencia se ensamblan nombres, se multiplican circunstancias, se separan unas, se direccionan otras, hasta formar historias para que los demás las lean. Mi tono intimista no es autobiográfico, y estoy harta de aclararlo. No tuve ni irrisoriamente la mínima parte de los amantes que presumen mis personajes narradores en primera persona, todos ellos son productos de caminatas en solitario, de noches en vela y soliloquios eternos, de grandes hoyos negros en el pecho, que no acaban de desaparecer, que se instalan bajo las costillas durante años, se metamorfosean en personajes nuevos y luego se mezclan, se reproducen en una fuente de inspiración platónica que hoy mantiene tras de mí a una pequeña pero creciente estela de lectores invisibles.

Texto para presentar el número "Escrituras de la violencia. La voz de las mujeres." de la Revista Blanco Móvil, en la casa del poeta.

La historia de discriminación hacia la mujer, después de aquellos más míticos que cercanos matriarcados, es longeva. Aunque es cierto que quedan en algunas partes del mundo poblaciones matriarcales o matrilineales: en África, en Tierra de fuego, en Oaxaca, México. En China la etnia Mosuo sostiene una convivencia armónica y peculiar en la que el matrimonio no existe, las mujeres son dueñas de todo lo material y eligen abiertamente a sus amantes.
En la larga actualidad que nos concierne somos, pues, las mujeres, la mitad de la humanidad que pobló las cavernas más oscuras de la historia, donde los descubrimientos científicos, las creaciones artísticas y los trabajos intelectuales parecen no haber tenido nunca lugar. Recuerdo que hace apenas unas décadas, se solía escuchar en la voz de quienes se presumían intelectuales que en México “casi” no había escritoras, cuando ha habido siempre tantas escritoras como escritores, si no es que más. Hay una tendencia natural en nuestras sociedades, a minimisar y finalmente a borrar de la historia el nombre femenino, hay mujeres aquí en México, como Julia Tuñón, Leticia Romero Chumacero, Eve Gil, o Verónica Ortiz, que se han dado a la tarea de desenterrarnos y de recopilarnos, de mostrarnos ante el mundo… Hace unos días platicábamos precisamente sobre Cristine de Pizán, y el libro La nueva ciudad de las damas donde Eve hace un claro homenaje a esta mujer tan influyente, que dedicó su mente a las letras y se ganó el respeto y la vida con esas mismas letras, en el siglo XV. Yo me pregunto cuántas de las numerosas autoras que actualmente trabajamos muchísimo en México podemos decir lo mismo. ¿Cuántas de las autoras que generosa y brillantemente colaboran en este número de Blanco Móvil pueden decir lo mismo?
Falta mucho por hacer, mucha escritura por delante, muchos deportes, muchos oficios y actividades donde seguir avanzando en este camino que parece interminable, eterno, absurdo incluso, hacia la equidad. En un mundo de mujeres reprimidas a punta de madrazos, sobajadas por una fuerza física, sí, hay que admitirlo, superior, lo femenino no puede ser sino débil, porque lo femenino suele estar quebrado en su interior. Mujeres rotas, amenazadas por esa misma fuerza que les impide trabajar, salir, ser dueñas de su cuerpo, de sus decisiones, mujeres que han perdido el sentido de vivir y trabajar para el crecimiento de esta humanidad que las niega… ese botín obtiene la sociedad macha, enferma, a cambio de su fuerza bruta.
Siento una fuerte simpatía por Francesca Gargallo Celentani, y cada una de las cosas que le he leído o escuchado decir me ha parecido sabia: “La escritura de las voces que odian la violencia” es el texto que abre el número de Blanco Móvil. Y me llevó a reflexionar, entre otras cosas en  lo importante que es hablarles a aquellas mujeres que se han dejado cooptar por las banalidades del capitalismo que las ha martirizado y cosificado durante siglos, importante hablarle a esas que no han tomado sus derechos por mano propia, por ignorancia o por desidia, importante reconocer a aquellas que, por el contrario, sostienen su tradición, defienden su universo femenino, hasta la muerte.
¿Por qué muchas de nosotras no hemos vivido para defender nuestro universo? Probablemente porque nos han enseñado, a punta de madrazos, que nuestro universo es indefendible. O quizá porque no tenemos dignidad, o porque no hemos despertado realmente y seguimos tolerando que por aquí y por allá se estén pronunciando discursos misóginos, se sigan cometiendo ante nuestros ojos actos misóginos, porque seguimos sonriendo y poniendo la otra mejilla.
Hay una larga enumeración de casos de vulnerabilidad para la violencia hacia la mujer: las confabulaciones familiares de esclavización en el hogar, el empobrecimiento cada vez más alarmante en el sector femenino, el simple y natural hecho de ser una niña, o una puberta, o una anciana, de ser una. Una activista, una ambientalista, una señora que sale tarde de su trabajo, una niña que lleva el uniforme de deportes de la escuela.
Feministas, sin importar esta discusión más bien boba sobre la vigencia o no del término, somos, entre otras cosas, las que en todos los tiempos, desde todos los estratos, hemos trabajado en recolocar el femenino una y otra vez en la historia, porque vivimos, como un Sísifo mujeril, recuperándonos de las pérdidas, y de los nuevos comienzos, durante siglos eternos.
Dorelia Barahona me sorprendió con su personaje, maliciosamente delineado, que derrama lágrimas cuando piensa en sí mismo, en su grandeza y tiene que lidiar con su atractivo natural que lo hace irresistible a las mujeres, pero a la vez patético, triste. Liliana Blum lanza una cubetada de agua fría en torno al tema de los nuevos temores femeninos, antes reflejados en los cuentos infantiles y que han sido tan palpables desde siempre: el lobo, el violador, en un cuento de prosa poderosísima y directa, que no tiene temor para hablar acerca de la violencia de género y describir con lujo de detalle una violación. Una colaboración muy interesante de este número de Blanco Móvil, es la de Amaranta Caballero Prado, con su “Breve muestra de moridero a través de fichas bibliográficas”, donde figuran ocupaciones, nacionalidades, causas de muerte y las últimas palabras que escribió una importante lista de mujeres en la que figuran nombres tan célebres como Antonieta Rivas Mercado, Nahuí Ollin, Nellie Campobello, Rosario Castellanos, Ana Mendieta, Anne Sexton, Digna Ochoa, en fin, todas ellas mujeres de letras y de artes, destacadas. Es escalofriante, pues, recordar y reconocer las causas de sus muertes, algunas de ellas aún no esclarecidas, muchas de ellas suicidios o asesinatos. Melissa Cardosa con su poema, “Berta en las aguas”, una elegía a Berta, asesinada y que tiene unos versos extraordinarios de tristeza muy profunda de los cuales rescato estos, por que ponen el dedo en la llaga:

Bertica nuestra, Berta de la aguas
El odio de los hombres que tanto nos señalan
No puede con tanta belleza, con tanta fuerza y gracia
Por eso nos matan. Por eso nos matan. Por eso nos matan.
No saben de esta venganza nuestra de ser libres.
Y no cambiar la rebeldía por nada
Lágrimas al río
Muchas lágrimas.

Maya Cu Choc, escritora guatemalteca, escribió el poema “Zaz”, terrible y esperanzador, que expresa la beligerancia de una mujer sacrificada, una beligerancia que va más allá de la muerte.
Aplaudo mucho este número de Blanco Móvil y a su director Eduardo Mosches por la cantidad de exelentes plumas femeninas que logró reunir: Verónica Ortiz, colega solidaria, Eve Gil, Isabel Hernández, Silvia Cuevas-Morales, Jessica Sánchez, Gloria Inés Peláez, Alma Karla Sandoval, por la luz que cada uno de los textos lanza sobre el tema de la violencia hacia la mujer, asunto que no puede seguirse soslayando bajo ningún pretexto.