miércoles, 14 de junio de 2017

Alado ídolo II

Tú pateaste a mis perros excitados,
desollaste a la oveja que amó
el brillo en el colmillo del lobo,
desoíste las cincuenta súplicas
del cerbero detrás de la puerta,
asesinaste al dragón
y luego abandonaste
el vellón dorado.


Alado ídolo


Tú mataste a mi fantasma,
se quedó desorientada mi alma  
y no sabe danzar mi cuerpo
torpe y vacío
sobre tus piedras,
ni saltar hasta el altar donde te sueñas
como el dios de las lechuzas,
ni remontar el tenue aire
que tu aleteo mueve.
 

miércoles, 7 de junio de 2017

Oración

Líbranos de tu presencia antifaz de terror,
líbranos de tu influencia por el amor de dios,
líbranos de la existencia de los dioses,
Diosito, por favor.

martes, 30 de mayo de 2017

Oveja prêt-à-porter


Hay un presente

customizante
y 
concupiscente

y tú eres 
el único

sobreviviente.


Si vas desnudo

y sufres hambre

mi carne cómete

y con mi piel
 vístete.

Verso apátrido

Y así comienza un verso apátrido, átono, apático… Un verso en prosa, que no tiene una intención honrosa, ni voluntad, ni valentía, ni intensidad, ni espera de la letra cosa alguna. Un verso que más que verso es laguna turbia de la inspiración, agua estancada. Un verso que no tiene musa enarbolada, ni himno, ni canción, que no quiere, ni quería, ni está enamorado, ni turbado siquiera. Un verso que no es amo ni fámulo, ni rey ni vasallo. Un verso callado, que no rehusa, ni acusa, ni de algún lado se pone, ni a alguna causa se opone. Un verso indolente, que no despierta el interés de la gente, que no se precia de ser decente, ni grosero, ni imprudente, ni oprobioso. Un verso abúlico, flemático y calmoso, que no clama, que no ama.

lunes, 29 de mayo de 2017

Sin señal


Un colmillo sobresale 
entre unos labios 
desatando mi curiosidad,
ahí me detengo 
durante un rato sin lograr 
que las palabras que lo tocan tan de cerca 
me digan lo que quiero saber. 
Nada resuelve el misterio del deseo.

martes, 23 de mayo de 2017

La vaca habla a la piedra


¿Por qué te quedas en la orilla mirando cómo abreva esta vaca?¿por qué, desde que me detuve con mis grandes ojos a mirarte, y con mi larga lengua a lamerte, piedra dulce, piedra de río, no has cambiado tu forma en lo más mínimo?¿por qué no cobras vida verdadera?¿por qué te quedas ahí inamovible y triste como la historia de siempre?¿por qué no trasciendes como carne, -como un bistec, si tú quieres- y dejas de derramar lágrimas bajo la corriente?
No tengo otro lugar a donde ir, esta orilla me sostiene. Tú eres lo único que encontré en este camino, estoy condenada a ti, a ti vendré a morir y serás mi tumba y aquí estaré, piedra, después de la sequía, después de que este río se vuelva un basurero, después de que no quede de mí ni el desdén de los buitres, ni el olvido de los gusanos.



sábado, 13 de mayo de 2017

De los amantes de Babel a la señora Vaughan

La construcción de la torre de Babel fue una magna obra arquitectónica que cobró dimensiones históricas inimaginables. Este suceso generaría una serie de reacciones inconmensurables en la historia antigua, se convertiría en un pasaje bíblico fundamental y encarnaría el más hondo miedo en el hombre occidental durante siglos.

Una de las leyendas en torno a la torre de Babel es aquella que habla sobre la humillación sufrida por un rey sumerio a manos de su pueblo, tal humillación era parte de un ritual anterior a su apareamiento con una diosa. Durante el ritual, el pueblo al unísono rezaba por la preservación de la vida sobre la tierra. Aquel apareamiento deja abrir una inmensa puerta a la imaginación morbosa del ser de aquel tiempo. Y a los lectores actuales nos hace figurar -en nuestra íntima imaginación- a aquella mujer voluptuosa cuya posesión debía significar el estado interior más terrorífico para el hombre capaz de perpetuarla, un sacrificio atroz en pro de la humanidad. Otra leyenda habla sobre la soberbia que empujó a los hombres a apostarse sobre la torre con el objetivo de matar a Dios con sus patéticas lanzas.  Hombres más bien conmovedores, que con toda su grandeza todo lo habían hecho mal, y por tal motivo sus almas fueron corrompiéndose. Merecían todo el terror que pudieran soportar. El Dios iracundo los masacró, destruyó sus obras, diversificó sus lenguas y los dividió para siempre. Estas leyendas, que surgieron en lo más profundo de la cultura popular judía, se difundieron por todo el mundo antiguo hasta alcanzar gran fama. Las historias que narraban la destrucción de la humanidad y con ella sus más horrorosas consecuencias, fueron quizá las más populares del mundo antiguo. Prueba de que el horror vende.
Leí hace ya varios años un libro de un joven escritor de nombre Bernardo Esquinca, que llamó mucho mi atención -publicado por Almadía, Los niños de paja- porque su naturaleza me pareció encantadora, cercana a esa figura grave que pretenden dar las primeras películas de terror y que tanta tentación producen. La octava plaga, Toda la carne, Carne de ataúd, libros de la saga Casasola del mismo autor, nos muestran una narrativa consolidada en la que el terror cinematográfico, la nota roja y el género fantástico se conjugan en un sostenido y afortunado aliento que está a punto de dar a luz una obra más: Inframundo. La literatura de terror me sedujo en forma natural y me parece que lo mismo le pasó al imaginativo y atípico Bernardo. 
Para explicar la seducción que ejerció sobre mí el lado oscuro, tendría que remontarme a una infancia demasiado temprana, durante la cual tenía un sueño incómodo; soñaba que estaba en un jardín, que ahora puedo calificar de rococó. Entonces yo veía a unos ángeles regordetes y de curvas pronunciadas, pronto me daba cuenta con espanto de que yo era una de ellos. Sentía vergüenza y unas ganas terribles de escapar  de aquel conjunto de fuentes y rosales de castilla que exhalaban dulces aromas. Todo aquello me parecía terriblemente trágico y nauseabundo. Entonces, cuando aquellas pesadillas dejaron de acudir a mi cabeza y al pude leer con mis propios ojos, me incliné por personajes contrarios a estos ángeles rococó; personajes que albergaban alguna oscura perversidad. Y en mis primeras lecturas tuve A sangre fría, El retrato de Dorian Gray y La piel de zapa… de ahí para adelante fueron Fausto, con su tan temido Mefistófeles, El matrimonio del cielo y el infierno de William Blake o una obra maravillosa del autor sueco Emanuel Swedenborg, llamada Del cielo y el infierno.
Los personajes  buenos, positivos, cool, nunca me cayeron bien, siempre me parecieron falsos. La perfección siempre me resultó demasiado ajena.
Me incliné, pues, a aquellos monstruos literarios del tipo psicológico, (aunque ya en la narrativa, me gustó experimentar –en tono de burla, con monstruos que, además, tienen una sobre naturalidad física. Saber que un psicópata era un ser posible me inquietaba. Pensar que en la realidad existían seres incapaces de comprender el terror y el sufrimiento de los demás, de las víctimas, me pareció fascinante. Pensar que había seres que por alguna circunstancia habían perdido sus neuronas espejo, me pareció seductor.
Una historia llamada El gran dios pan, de Arthur Machen, autor galés, que vivió parte del siglo XIX y casi hasta la mitad el siglo XX, me trae el recuerdo de un personaje literario y monstruoso muy peculiar: La señora Helen Vaughan, quién a lo largo de la historia adquiere nombres distintos como La señora Hebert o la señora Beaumont.  Esta señora de personalidad múltiple era hija de una bellísima mujer que en su juventud fue sometida a una operación –por un amante científico- mediante la cual sería capaz de abrir su limen mental a un nivel insospechado, y que, por una especie de inducción -nunca explicada en el texto- haría tener ante su presencia al dios Pan. La obra insinúa brutalmente que entre la mujer sometida a dicha operación y el mismísimo dios Pan hay un coito que hace engendrar a una mujer bella, fatua, extraña y perversa que causa la ruina y la muerte de muchos hombres de la alta sociedad parisina e inglesa. En esta narración hay un detalle que me sorprende: sin escribir una sola escena espeluznante, Arthur Machen  despierta  en el lector el lado morboso que entiende  e imagina  a la perfección cuando la sangre está presente en un relato. Este personaje monstruoso –mitad mujer, mitad diosa romana, insertado en las altas esferas de la sociedad inglesa en tiempos cercanos a Jack el destripador fue todo un éxito. Cómo ven, en dos tiempos muy lejanos el uno del otro, se registra en la literatura, pues, el encuentro sexual de una deidad pagana con un humano, con consecuencias catastróficas para los personajes y muy rentables para los autores en cuestión.
Los lugares comunes fueron constantes en la literatura de monstruos con la que me he topado a lo largo de mi vida. Aquellos monstruos enmarcados tan magistralmente por Tolkien tuvieron escenarios naturales imponentes, la misma niña Helen Vaughan tuvo como testigo de las primeras y misteriosas manifestaciones de su inenarrable maldad, un bosque enorme y antiguo. Las casas embrujadas fueron lugares comunes que alcanzaron a acaparar la cinematografía y la memoria del colectivo universal. La referencia a los dioses de la antigüedad son platillo frecuente en la literatura de terror del siglo que conoció Lovecraft. Los elementos de la naturaleza tienden a una profunda vinculación con los monstruos literarios; un ejemplo que no puedo evitar citar es el cuento Los sauces. Algernon Blackwood, autor prolífico pero bastante despreciado y minimizado en su tiempo, escribe un texto en torno a una gran ciénaga ubicada en cierta zona desierta y salvaje del río Danubio, en la cual crecen enormes extensiones de sauces llorones. Un par de muy cercanos amigos deciden hacer una aventurada excursión a todo lo largo de la ribera y se ven forzados a acampar en esta zona, en una movediza isla de arena en un paisaje desierto, interminable y cambiante que  infunde un profundo respeto por su belleza y su peligrosidad. En este lugar habitan seres sobrehumanos que reclaman sangre a cambio de aquella estancia molesta. Estos seres se insinúan en el texto como alguna especie que ya no encaja en el movimiento citadino y que está aun viva en las leyendas húngaras.
Hay un notable apego por las leyendas tradicionales en la literatura de monstruos. Incluso en las películas de terror encontramos sortilegios provenientes de aquello que por intereses políticos ha sido insistentemente desprestigiado a lo largo de la historia moderna; aquello que es tabú, contrario a la religión católica dominante, aquello que se forja a partir del prejuicio o la inconveniencia, que está más allá de los miedos, más allá de lo humanamente posible o permisible, más allá de la ley, etcétera.  Pero hay historias y personajes siniestros que provienen del subconsciente de su propio autor, cuya horrorosidad es toda origen de una imaginación perturbada, como fue el caso de ese otro autor, muy querido por la juventud, que es Guy de Maupassant, quien, por cierto, escribe en años cercanos a los de Arthur Machen y Lovecraft, y quien, como todos sabemos, fue víctima de la locura. En años muy cercanos al agravamiento de su enfermedad, años también muy cercanos a su muerte, Guy de Maupassant escribe sus textos más conspícuos de terror, el famosísimo El Horla, Él, Junto a un muerto, La mano, La cabellera, ¿Quién sabe?. 
¿Quién sabe? es uno de los textos de horror más conmovedores de Maupassant, la historia es muy original y honesta, escrita en el periodo previo a su total extravío mental. Escrita con un terror que no sólo concierne al personaje sino al artista mismo, que lo experimenta en carne propia. El personaje es un pequeño burgués dotado de una encantadora y tímida misantropía. De pronto ve cobrar vida y partir de su casa a todos los objetos que ha ido acumulando durante su relativamente joven vida: muebles, tapetes, obras de arte, sin poder hacer nada para detenerlos, víctima de la cínica ambición de un anticuario.
Y para finalizar volveré al tema de mis propias pesadillas; les contaré que a una edad cercana a la pre pubertad empecé a soñar inexplicablemente una serie de sueños recurrentes,  sueños terribles: en uno de ellos una hilera de cuerpos era acribillada una y otra vez por una horda de soldados enloquecidos en una playa en que la arena me golpeaba brutalmente los ojos hasta hacerlos sangrar... en otro aparecía un hombre diabólico en medio de una noche oscura y me gritaba que me quedaría ciega, en tanto arrojaba a mi cara clavos que yo apenas alcanzaba a esquivar. ¿Porqué le ocurría eso a una niña?.

El caso es que para que aquellos sueños no me lastimaran tanto empecé a escribirlos. Después supe que en el mundo existe el verdadero horror y que sólo hace falta enfrentar la realidad social para entenderlo. (Esta es una versión actualizada de un texto que escribí para leer en la UANL, Monterrey)

viernes, 12 de mayo de 2017

Encrucijada








Si llegas hasta aquí es porque te gustas demasiado. Te he dicho ya que eres la chica más hot, eso te ha de gustar, por eso regresaste.
Me he encontrado a muchas que llevan tu nombre, aparecen en mi vida como signos animados de algún vaticinio complejo y misterioso que no he descifrado. Muchos de los nombres de las cosas me llegaron de la misma manera. Nadie sabe lo que estará escrito en la siguiente página si es la primera vez que lee el libro. El nombre de mi librería, "El vaticinio", por ejemplo, no fue propuesta mía sino de una joven publirrelacionista. Tu nombre llegó a mis páginas por una jugarreta de la vida.
Tus ojos, nena vanidosa, están aquí. Aquí tú, yo aquí: no somos casualidad. Aquí las palabras forman ejércitos de fantasmas que no hacen ruido, pero que marchan firmemente hacia ti, hacia tu mente preciosa. En esta encrucijada se encuentran tu presencia y su sentido. Eso tampoco es casualidad.

jueves, 11 de mayo de 2017

Piel luminosa









Yo no amaba a nadie hasta que la vi. Era apenas una sombra diminuta caminando a pleno sol de medio día, pasaba por ahí sin que nadie la viera hasta que yo la vi. Era una chica más bien fea que vestía unas ropas holgadas y poco atractivas.
Un día escuché a una de mis amigas elogiar su cuerpo, el cual yo desconocía del todo, porque nunca dejaba traslucir nada de su piel tras los ropajes de talla grande. Yo no pensaba en su carne. Era una modesta templanza en su mirada, en su sonrisa, lo que adoraba en ella, nunca pensé en su cuerpo sino en su aliento, en lo que saldría de su interior. La amé cuando creí que era mi chica invisible: menuda y lacónica bajo la luz del sol de medio día o en las tardes de nubes.
Ya no puedo adorarla porque sin previo aviso se convirtió en la chica más hot, empezó a salir con el soltero más codiciado del momento, es famosísima y lejos de ser sombra brilla como un ángel blanco ante las cámaras de cine.  
Antes, cuando era sombra, se conformaba con sonreírme a lo lejos y ahora una de sus empleadas me incluye en el mailing repetitivo y lleno de clichés con el cual procura evitar que me salga de su club de fans, que admiran su cuerpo y la luz que emana de todo su ser y de su mente brillante.


lunes, 1 de mayo de 2017

La madre de Estocolmo

Ya viene para acá. Pude escuchar nuevamente su voz gracias a tu infinita compasión, amada virgen.
No sé cuanto falta para que esté aquí y me rescate de estos días de asueto forzado en los que mis compañeros de trabajo preguntan por mí constantemente, preocupados.
Me desapareciste hace ya varios días y me extraña que no me hayas matado con tus manos rebosantes de poder.
Ya ellos se encargaron de la parte más fácil, dijiste. Lo mío no son las violaciones ni los golpes, a mi no me gusta eso, yo más bien las cuido y trato de que ellos no hagan muchas pendejadas, ellos son mis hijos, pero son hombres. Lo difícil es reconocer que tú eres un ser humano, mija. Tú les gritaste a ellos que dejaran de violarme, los abofeteaste, eso escuché. Ya no volverán a hacerte eso, me dijiste luego.
Quiero seguir con vida pero no quiero volver con mi padre, no quiero tener miedo a la muerte otra vez.
Ya viene para acá. Miro a través de la ventana que piadosamente pusiste frente a mi, una ventana que da a un jardín con macetas que tú misma cuidas, acaricio las frazadas que me echaste encima por esa misma piedad, pienso que para ser una secuestradora eres bastante gentil, si no fuera porque me amordazas yo podría ser, además de tu hija, tu amiga. Una tarde me dijiste, te voy a llevar a otra parte para que no te deprimas tanto, no te voy a hacer nada, voy a cuidar de tu vida porque aunque soy una hija de puta no soy tan mala, y no voy a permitir que mis hijos te maten. Sólo somos pobres y necesitamos el dinero, pero no somos pendejos y no te vamos a hacer daño si tú cooperas con nosotros. Te voy a llevar para que veas mis plantas. Te voy a dejar en el cuarto y te vas a destapar los ojos. Repetimos una y otra vez esa operación sin que yo mirara jamás tu rostro divino. Pienso que soy como una de tus plantas: ajada pero viva.
Me dices que ya viene para acá, me acercas un plato de sopa, es de verduras y me la das en la boca por última vez, madre mía. Te vas a ir buena y sana, dices antes de la cucharada.
Me pregunto si podrás lograr que mi padre y yo nos volvamos a ver, pienso que alguno de mis hermanos vendrá a darme el tiro de gracia, me pregunto si realmente te obedecerán después de que tengan el dinero. Ellos son hombres.
Me mantuvieron muy bien atada, yo cooperé en todo, mis ojos nunca vieron un solo rasgo de sus rostros. Tú te has empeñado en mantenerme viva porque sé que en el fondo me quieres ¿verdad que me quieres, madre?, también porque debo contestar de vez en vez el teléfono para que mi viejo padre recargue energías para seguir juntando el dinero de mi rescate. 
En la desesperación se conoce el amor verdadero y yo nunca tuve un amor como el tuyo.
Cuando era libre, cuando no te tenía, una joven me dijo que yo era una mujer feliz,  no sé cómo ella lo sabría cuando ni siquiera yo lo sospechaba. Aquella amiga lo decía porque yo aprendí a volar, y todos creen ciegamente en el cliché de que volar es ser feliz. También me dijo que muchos se burlaban y hablaban mal de mi y que mi alfombra mágica era motivo de inquina. Aquello no era una alfombra mágica. Para subirme a ella tenía que sujetarme muy bien todas las cintas y los broches de seguridad, debía ponerme un casco con barbiquejo, mi traje de cordura, mis botas de media caña, un vario, un paracaídas de emergencia... “Ojalá fuera una alfombra mágica”, pensaba cuando corría hacia la pendiente y me montaba sobre el viento laminar, sobre la termal o la nube, después de vencer el miedo a la muerte o mínimo a romperme las costillas en el despegue. Debía, poco a poco, durante el trayecto, acostumbrarme a vivir en el aquí y en el ahora para no montarme sobre la persistente idea de romperme las espinillas en el aterrizaje.
Hoy vivo aquí y ahora, sintiendo tu presencia, tus manos duras ayudándome a no tropezar, madre sin rostro. Me ha costado tiempo de entrenamiento arrojarme hacia el precipicio, pero hoy no me siento capaz de arrojarme siquiera al otro lado de la puerta. No quiero ser libre ni volar. Lo que quiero es quedarme aquí, inmovilizada, gestándome eternamente en tu obscuro vientre de madre secuestradora.
Ya viene para acá, antes que él llega a mi mente el silbido de una bala que no dio en su blanco, pero que pasó muy cerca de mi oreja. Tus hijos me rompieron los dos brazos, me rompieron la nariz, casi me hacen perder un ojo.

Tú me limpiaste, sanaste lo mejor que pudiste mis heridas, entablillaste mis huesos rotos, fuiste una enfermera puntual. La bala no dio en el blanco pero su veloz paso por las cercanías de mi oído dejó una canción monótona y perenne ahí. Esa canción mantiene viva una pena tan honda que me da nausea. Él está por llegar. Me sentiré desvalida. No volveré a ser amordazada. Me quedaré sin tu gran sopa de verduras, sin tu dedicación, sin la delicadeza con que quitas la mordaza para que yo hable en monosílabos: sí, pa, pa, sí. Tus hijos me dejaron la lengua casi inservible, entre tanto jaloneo y golpe me la mordí fuertemente, sólo puedo engullir poco a poco tu sopa. Ya viene para acá mi padre y yo te perderé.

viernes, 28 de abril de 2017

Cortejo radiofónico


A veces quisiera evadir tus oídos, pero sé que no puedo.
He perdido la cuenta de los programas de radio a los que me han invitado, y de los que he hecho en años, divirtiéndome a un bajísimo costo: Radio UNAM, Ibero 90.9, Omega, Código CDMX, Imer, Radio Chapultepec, Radio Efímera, Radio Chapingo, Radio Educación y hasta Radio Texcoco y Radio Otumba. En las radios comunitarias he hecho numeritos tales como ponerme motes subversivos: “La generala” o “La piedra en el zapato” sólo para despotricar a mis anchas en contra de presidentes municipales o leer fragmentos de panfletos rojillos y crónicas de guerrillas extintas en la sierra.
Muchas veces me he equivocado, se me ha atorado la lengua. En el peor de los casos me ocurrió que se sentara a mi lado un incipiente poeta -de cuya presencia nadie me avisó previamente- fumando mariguana, tomando cerveza, haciéndose la súper estrella, tomándose el derecho de medir la consistencia de mis carnes mientras yo estaba al aire, etc. Dejé el programa a la mitad y salí de la cabina, muy enojada. ¡Vaya!, ¡todos quedaron encantados! Días después hasta me escribió el conductor principal para decirme que “qué padre” estuvo todo, su asistente también. Respondí con un reclamo al principal -y al asistente- por la presencia no anunciada del poeta en ciernes. Aquel programa era en honor a Dylan Thomas -que también fue radioasta- y se grabó por iniciativa mía. 
Entre las múltiples fantasías que me he inventado contigo está la de llevarte un día ante el micrófono a recitar poemas con tu voz serena y deliciosa, poemas desconocidos y seductores, y que me toques en la estrechés de la cabina.
Y mientras yo fantaseo tú te detienes a juzgarme, a escudriñar el tono amenazante y soberbio de mi voz cuando me despido de mis escasos escuchas, entre los cuales tú eres el único al que quiero impactar. ¿Te resulta mi soberbia entretenida?¿Singular al menos?¿Ni tantito miedo te doy?¿No han bastado mis amenazas para hacerte temblar un poco?¿No?¿Sabes que la amenaza puede jugar como arma de seducción? Yo ni juzgo, ni desmenuzo, ni tomo nota de la veces en que le falla la lengua a mi verdadero amigo radiofónico, cuyo nombre es A; ni de las veces en que se entorpece al aire mi amiga admirada, cuyo nombre es P; ni le resto puntos a mi maestro, cuyo nombre es J, en algún cálculo arbitrario sobre su inteligencia, ni paso mi escáner sobre sus actitudes corporales para medir su carácter fálico narcisista u oral, ni formulo una jerga feminista para darle trapazos. Eso lo hago cuando el tipo en cuestión es hombre y no es mi amigo verdadero y es sólo una masa de lugares comunes entre la machinada y la medianía. 
Tengo la esperanza de hablarte mientras aprietas los audífonos a tus oídos. Pienso lanzarte  mensajes amorosos y velados al aire. Ven a escucharme una de estas noches ¿quiéres?



martes, 18 de abril de 2017

Ojalá fueras una persona normal (fragmento)

Yo quería escucharte razonar frente a mí, verte en el proceso de articular alguna frase inteligente. Pero me bloqueaste como se bloquea a una persona por imprudente. Yo ya no voy a pedir más perdones por mi imprudencia, en el amor está permitida, por lo demás, soy inocente de ella: es producto de alianzas, nexos, asociaciones de ideas que se concatenaron en la pesadilla de amarte, en un mal despertar repetitivo donde veo mi pasado desmoronarse como un sueño en vertical.

Las escritoras escribimos: en nuestra conciencia se ensamblan nombres, se multiplican circunstancias, se separan unas, se direccionan otras, hasta formar historias para que los demás las lean. Mi tono intimista no es autobiográfico, y estoy harta de aclararlo. No tuve ni irrisoriamente la mínima parte de los amantes que presumen mis personajes narradores en primera persona, todos ellos son productos de caminatas en solitario, de noches en vela y soliloquios eternos, de grandes hoyos negros en el pecho, que no acaban de desaparecer, que se instalan bajo las costillas durante años, se metamorfosean en personajes nuevos y luego se mezclan, se reproducen en una fuente de inspiración platónica que hoy mantiene tras de mí a una pequeña pero creciente estela de lectores invisibles.

Texto para presentar el número "Escrituras de la violencia. La voz de las mujeres." de la Revista Blanco Móvil, en la casa del poeta.

La historia de discriminación hacia la mujer, después de aquellos más míticos que cercanos matriarcados, es longeva. Aunque es cierto que quedan en algunas partes del mundo poblaciones matriarcales o matrilineales: en África, en Tierra de fuego, en Oaxaca, México. En China la etnia Mosuo sostiene una convivencia armónica y peculiar en la que el matrimonio no existe, las mujeres son dueñas de todo lo material y eligen abiertamente a sus amantes.
En la larga actualidad que nos concierne somos, pues, las mujeres, la mitad de la humanidad que pobló las cavernas más oscuras de la historia, donde los descubrimientos científicos, las creaciones artísticas y los trabajos intelectuales parecen no haber tenido nunca lugar. Recuerdo que hace apenas unas décadas, se solía escuchar en la voz de quienes se presumían intelectuales que en México “casi” no había escritoras, cuando ha habido siempre tantas escritoras como escritores, si no es que más. Hay una tendencia natural en nuestras sociedades, a minimisar y finalmente a borrar de la historia el nombre femenino, hay mujeres aquí en México, como Julia Tuñón, Leticia Romero Chumacero, Eve Gil, o Verónica Ortiz, que se han dado a la tarea de desenterrarnos y de recopilarnos, de mostrarnos ante el mundo… Hace unos días platicábamos precisamente sobre Cristine de Pizán, y el libro La nueva ciudad de las damas donde Eve hace un claro homenaje a esta mujer tan influyente, que dedicó su mente a las letras y se ganó el respeto y la vida con esas mismas letras, en el siglo XV. Yo me pregunto cuántas de las numerosas autoras que actualmente trabajamos muchísimo en México podemos decir lo mismo. ¿Cuántas de las autoras que generosa y brillantemente colaboran en este número de Blanco Móvil pueden decir lo mismo?
Falta mucho por hacer, mucha escritura por delante, muchos deportes, muchos oficios y actividades donde seguir avanzando en este camino que parece interminable, eterno, absurdo incluso, hacia la equidad. En un mundo de mujeres reprimidas a punta de madrazos, sobajadas por una fuerza física, sí, hay que admitirlo, superior, lo femenino no puede ser sino débil, porque lo femenino suele estar quebrado en su interior. Mujeres rotas, amenazadas por esa misma fuerza que les impide trabajar, salir, ser dueñas de su cuerpo, de sus decisiones, mujeres que han perdido el sentido de vivir y trabajar para el crecimiento de esta humanidad que las niega… ese botín obtiene la sociedad macha, enferma, a cambio de su fuerza bruta.
Siento una fuerte simpatía por Francesca Gargallo Celentani, y cada una de las cosas que le he leído o escuchado decir me ha parecido sabia: “La escritura de las voces que odian la violencia” es el texto que abre el número de Blanco Móvil. Y me llevó a reflexionar, entre otras cosas en  lo importante que es hablarles a aquellas mujeres que se han dejado cooptar por las banalidades del capitalismo que las ha martirizado y cosificado durante siglos, importante hablarle a esas que no han tomado sus derechos por mano propia, por ignorancia o por desidia, importante reconocer a aquellas que, por el contrario, sostienen su tradición, defienden su universo femenino, hasta la muerte.
¿Por qué muchas de nosotras no hemos vivido para defender nuestro universo? Probablemente porque nos han enseñado, a punta de madrazos, que nuestro universo es indefendible. O quizá porque no tenemos dignidad, o porque no hemos despertado realmente y seguimos tolerando que por aquí y por allá se estén pronunciando discursos misóginos, se sigan cometiendo ante nuestros ojos actos misóginos, porque seguimos sonriendo y poniendo la otra mejilla.
Hay una larga enumeración de casos de vulnerabilidad para la violencia hacia la mujer: las confabulaciones familiares de esclavización en el hogar, el empobrecimiento cada vez más alarmante en el sector femenino, el simple y natural hecho de ser una niña, o una puberta, o una anciana, de ser una. Una activista, una ambientalista, una señora que sale tarde de su trabajo, una niña que lleva el uniforme de deportes de la escuela.
Feministas, sin importar esta discusión más bien boba sobre la vigencia o no del término, somos, entre otras cosas, las que en todos los tiempos, desde todos los estratos, hemos trabajado en recolocar el femenino una y otra vez en la historia, porque vivimos, como un Sísifo mujeril, recuperándonos de las pérdidas, y de los nuevos comienzos, durante siglos eternos.
Dorelia Barahona me sorprendió con su personaje, maliciosamente delineado, que derrama lágrimas cuando piensa en sí mismo, en su grandeza y tiene que lidiar con su atractivo natural que lo hace irresistible a las mujeres, pero a la vez patético, triste. Liliana Blum lanza una cubetada de agua fría en torno al tema de los nuevos temores femeninos, antes reflejados en los cuentos infantiles y que han sido tan palpables desde siempre: el lobo, el violador, en un cuento de prosa poderosísima y directa, que no tiene temor para hablar acerca de la violencia de género y describir con lujo de detalle una violación. Una colaboración muy interesante de este número de Blanco Móvil, es la de Amaranta Caballero Prado, con su “Breve muestra de moridero a través de fichas bibliográficas”, donde figuran ocupaciones, nacionalidades, causas de muerte y las últimas palabras que escribió una importante lista de mujeres en la que figuran nombres tan célebres como Antonieta Rivas Mercado, Nahuí Ollin, Nellie Campobello, Rosario Castellanos, Ana Mendieta, Anne Sexton, Digna Ochoa, en fin, todas ellas mujeres de letras y de artes, destacadas. Es escalofriante, pues, recordar y reconocer las causas de sus muertes, algunas de ellas aún no esclarecidas, muchas de ellas suicidios o asesinatos. Melissa Cardosa con su poema, “Berta en las aguas”, una elegía a Berta, asesinada y que tiene unos versos extraordinarios de tristeza muy profunda de los cuales rescato estos, por que ponen el dedo en la llaga:

Bertica nuestra, Berta de la aguas
El odio de los hombres que tanto nos señalan
No puede con tanta belleza, con tanta fuerza y gracia
Por eso nos matan. Por eso nos matan. Por eso nos matan.
No saben de esta venganza nuestra de ser libres.
Y no cambiar la rebeldía por nada
Lágrimas al río
Muchas lágrimas.

Maya Cu Choc, escritora guatemalteca, escribió el poema “Zaz”, terrible y esperanzador, que expresa la beligerancia de una mujer sacrificada, una beligerancia que va más allá de la muerte.
Aplaudo mucho este número de Blanco Móvil y a su director Eduardo Mosches por la cantidad de exelentes plumas femeninas que logró reunir: Verónica Ortiz, colega solidaria, Eve Gil, Isabel Hernández, Silvia Cuevas-Morales, Jessica Sánchez, Gloria Inés Peláez, Alma Karla Sandoval, por la luz que cada uno de los textos lanza sobre el tema de la violencia hacia la mujer, asunto que no puede seguirse soslayando bajo ningún pretexto. 



jueves, 6 de abril de 2017

Balita

Un buen día tuve fuerzas para levantar el culo hasta el secreter donde guardo mi preciada pistola y sin dudarlo fui y le pegué un tiro a mi computadora, la asesiné con toda mi obra acumulada por años y años y luego fui detrás del hijo de la reina, dispuesta a asesinarlo también. Muy trapaceramente el infeliz -viendo mi cañón apuntándole a los ojos- buscó rápidamente en su stock de imágenes televisivas el rostro amadísimo del Rubio Pequeño, sonriente en la pantalla. Cobardemente lo mantuvo en sus ojos hasta que creyó que yo iba a bajar el arma, le pregunté dónde podía encontrar a mi adorado: me devolvió la imagen de una conocida televisora. Cuando tuve en la mira el par de ojillos tintados de amarillo y naranja, disparé.

Vi el cadáver frente a mi y caí en la cuenta de que hacía muchos años que no intercambiaba una palabra con nadie; desde su llegada él se encargaba incluso de lavar el coche, de pedir el súper, de tirar la basura, de todo.

viernes, 31 de marzo de 2017

Mentira

El sueño: tú y yo deambulábamos por diferentes lugares, el campo, caminos pedregosos, a veces íbamos en una camioneta grande, había otras personas con nosotros, ambos nos tratábamos con indiferencia, casi nunca nos hablábamos, como en la realidad. Mas llegó una escena inusitada entre aquella rutina, te acercas a mí, me tomas la cabeza con ambas manos y me dices: “te amo realmente”, yo te respondo: “yo también”, y lo siento con tanta intensidad que esa respuesta me suena a poco. Tu “te amo realmente” me sorprende tanto que no puedo evitar darme cuenta de que acabo de caer en una trampa de mi subconsciente y te amaré después del sueño, después de que todo esto acabe, te amaría aún si nos quedáramos mudos, ciegos y sin cuerpo. Entonces lloro porque es mentira, me doy cuenta, me despierto.

La realidad después del sueño: cuando estás presente todo mi ser se vuelca hacia tu ser y no puedo fingir. Cuando te vas me siento desconsolada y hago rabietas y me lanzo a la calle para hacerte regresar. Cuando intento dormir mi alma se empeña en salir de mi cuerpo para ir a buscarte. Cuando estoy despierta y te mueves cerca de mí esa misma alma necia, controladora, no me deja quitarte los ojos de encima. Ahora no sé cómo salir de mi propia trampa aunque sé que todo esto  es mentira.

miércoles, 29 de marzo de 2017

No te preocupes por mí




Soy una mezcla irreconocible, pastosa, en algunas partes áspera, como carne en pergamino. Estoy envuelta en una tela color amarillo que parece vieja, de una vejez sumeria. Veo a mi madre envejecida junto a mi. Yo estoy perfectamente presente, con estas piernas y estos brazos que se han, a su vez, convertido en pergaminos, aun latiendo de vida, intentando meter debajo de la tierra mi cuerpo.
Entre mi madre envejecida y yo hay un entendimiento que nos dice que debemos cavar juntas. Le digo “menos mal que ahora estoy aquí para ayudarte”, mi madre se empecina en abrir el agujero con una pala y yo la secundo, entre las dos abrimos un hoyo lo suficientemente grande como para hacer entrar mi cuerpo de pergamino. Lo metemos, lo cubrimos de tierra. Nos alejamos a paso lento, profundamente entristecidas por mi muerte. Cuando pasamos al jardín posterior de la casa, donde fui enterrada, lo veo florecer súbitamente, hileras de canteros crecen ante mis ojos y yo le grito a mi madre, eufórica, que mire aquella maravilla, aquel jardín convirtiéndose en un paraíso terrenal. “Mira, mamá, ¡las flores!,” de pronto el jardín es perfecto. Su única imperfección es un pequeño y viejo auto color terracota que espera estacionado afuera de la casa, mi padre al volante. Mi madre simplemente no puede percatarse de la presencia del paraíso y yo, cada vez más eufórica, empiezo a  elevarme por los cielos como solía hacer en mis sueños de viva y grito: “Madre, mira como vuelo igual que cuando estaba viva”, “¿te acuerdas de que cuando estaba viva también volaba?”, pero mi madre sólo se dirige tristemente hacia el viejo auto donde mi padre, visiblemente compungido, la espera. Yo desciendo de los cielos y me acerco a ella, está ya a punto de arrancar el motor que nos alejará para siempre. Yo, triste pero ecuánime, le toco fuertemente la ventanilla, ella al fin voltea como percatándose, serena y atenta a mi presencia: “Madre, si piensas que te voy a molestar, no te preocupes, eso nunca va a pasar”. A lo que mi madre responde con una mirada haíta, más urgida por partir junto a mi padre que de escuchar mis muertas preocupaciones.





miércoles, 15 de marzo de 2017

Ya no sueño que vuelo (fragmento)


Llegaste hasta la redonda ventana de mi cocina, que es, dicho sea de paso, uno de los tantos mandalas que he trazado en mi casa para que los seres del sueño puedan entrar a ella. Temblabas, tus plumas estaban mojadas, me mirabas con una especie de alegría tímidamente triunfal: llegaste volando hasta mi domicilio desconocido, por la noche, en tu primer vuelo, por amor a mi, por la fuerza de tu noble espíritu. Cuando te despertaste mi figura desdeñosa ya no estaba ahí, el mandala que tracé en la pared para voladores había desaparecido y en su lugar estaban los azulejos verde oscuro del baño de tu recámara, un cansancio profundo, una depresión de tercer grado, varios botes de pastillas, el vívido recuerdo del sueño, la duda apenas permisible de que aquello hubiese ocurrido realmente, en un plano distinto a este, tan físico y brutal, pero más aparentemente imposible, el sudor frío, el miedo, el amor.

lunes, 13 de marzo de 2017

Inclasificable


 Siempre habrá algo que se salga de la norma, que sea inaudito o ingobernable, algo que se desborde.
La clasificación de las plantas sirvió para cultivar algunas y alimentarse de ellas. Pero también sembró una devaluación de aquellas que no ofrecían ninguna utilidad práctica al hombre, quien, en su paso, ha ido borrando de la faz de la tierra todo aquello que ha considerado inútil y lo que ha considerado útil, lo ha explotado desmesuradamente, con iguales resultados. Los principios de la utilidad y la inutilidad son regentes de la clasificación en sus orígenes.
El hombre tiende a habitar en aldeas donde prácticamente todo está clasificado, calificado, valuado y medido.  Siempre ha sentido la necesidad imperiosa de agruparse, de agrupar, de seleccionar. Las propias aldeas y ciudades son resultado de una serie de agrupaciones. 
Somos, pues, como una sarna que avanza por la piel de un desdichado perro.
El arte –en sus años mozos-  tenía un número más o menos limitado de clasificaciones, porque la historia se gestaba a una velocidad menos vertiginosa que hoy. Nuestra propia sociedad lleva un rumbo que es en sí mismo inclasificable. Hoy ha dejado de ser posible entrar en materias precisas sobre el futuro. La información deviene en cataratas todos los días, la producción de noticias sobrepasa las expectativas de la historia, los cálculos de Marx; las conclusiones de aquel anónimo francés dieciochesco que vio el mundo en el año 2440, como un tiempo en el que al fin los carruajes dejarían de salpicar de lodo los vestidos de las damas en París… el asombro de Valery por las dimensiones de la técnica... Y aquello que nos fuera tan útil para englobar los pequeños universos de cosas que hay en el mundo, nos sirve ahora –en el verdadero mundo del capital-  para seguir agrupando universos cada vez más microscópicos.
Hace realmente pocas dácadas la producción cinematográfica era escasa y tenía una más clara posibilidad de generalizarse, o de agruparse luego en pequeñas élites o escuelas. Sin embargo  siempre –desde su inicio- ha tenido un sentido  más vanguardista que las artes más clásicas. Entonces, en un despropósito de sus consecuencias, el cine ha generado monstruos incalculables –de fama, de culto, de fanatismo, de ganancias monetarias, de rareza, de inclasificabilidad... Lo inclasificable es en sí mismo una agrupación. La palabra es el principio clasificador, porque permite nombrar cada universo encargado de crear las realidades, y permite ponerle una etiqueta –luego entonces- clasificarlo. Hace años incontables parecía que todo era nombrable, asequible para la memoria; y había arquitectos, pintores, zapateros, carpinteros, escultores... ¿Pero qué pasa con aquello que por más que busque no consigue quedarse en ningún globo?¿qué pasa cuando no hay forma de insertar lo creado en ninguna de las manchas, de las agrupaciones? ¿Qué pasa con aquella cosa que no es ni planta, ni es bicho, ni es aparato, ni es una de las corrientes del arte, ni es juego, ni es en serio, ni está de moda, ni deja de estarlo?¿Qué pasa cuando no podemos definir el origen de algo o alguien?¿se vuelve extraño?... Intentaremos encontrarle pronta, urgentemente, una etiqueta.

Balita

Imagínense que la editora, cuando nadie la ve, se pone a luchar con un Morten ausente y monstruoso, a veces hace gestos de verdadera angustia y no lo puede evitar; pero eso sólo le pasa cuando cree que nadie la puede ver, no sabe que está siempre bajo mi férula.
Morten es un caso de inocencia absoluta, nada me hará cambiar de idea. Hay que buscar una solución que lo libere de la ira de una mujer obsesionada por no sé qué esencia indescifrable que posee su cuerpo de hombre despistado y ausente.
Les he dicho que Morten es escritor, yo no soy una crítica literaria, no puedo decirles si es bueno o malo, pero dedica una buena parte de su tiempo a esta actividad. Se la pasa soñando con la mujer a quien ha de amar verdaderamente y tiene una vida sexual poco gratificante. Hizo una carrera en su natal Nojuega; un país lejano y desconocido que no juega un papel importante en la economía mundial, que no produce grandes artistas, que no posee siquiera algún rasgo cultural conspicuo y milenario; gana un sueldo regular como investigador, no es un profesionista ni un mínimo destacado. Su cabeza está en escribir, por lo demás, tampoco es un escritor ni un mínimo destacado. No puedo decirles si su cabeza es buena o mala, lo que sí puedo decirles es que tiene cara de estúpido, que es hogareño y melancólico, que ama el te de azahar y las galletas de canela, que es inocente de todos los agravios que la editora le imputa y que no merece morir. La marca que pone a Morten en un riesgo mayor es una de las novelas que escribió; Riesgos mayores; de un modo mordazmente casual esta obra narra detalles íntimos de la vida de una mujer que parece la descripción perfecta de la editora. El muy estúpido no sospecha que está en peligro. 
Bueno, tendré que dejarlos de vez en cuando en lectura de la verborrea de la editora, porque a veces me canso y me voy a dormir, a veces duermo durante más de un capítulo, a veces vengo rapidito a contarles algunos datos candentes sobre Morten y la editora. (En La bala enamorada)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Los intocables (fragmento)

Quisiera ampliar los metros de distancia entre el mundo y yo. Y saber. Sé que desapareceré, así mi sistema me lo ha planteado: moriré. Vivir mata todo. 
        No entenderé nunca por qué las personas pueden engendrar tanto odio, pueden destazar a otras personas por odio y luego decir que fue por su Dios, y así limpiarlo. Yo sé que muchos saben que Dios existe, comparten conmigo esa certeza, y yo les voy a contar porqué supe que Dios existe sólo porque sé que no se burlarán de mí. Ocurrió una madrugada, yo dormía en la caja de una cámper en un estacionamiento de un hotel, rumbo a la Ciudad de México, en Oaxaca. Un cerro se había deslavado dejando caer una gran piedra que bloqueaba la carretera y no se podía avanzar, no había muertos, pero en un pueblo metido en la sierra todo tarda mucho tiempo en moverse. Salvo los políticos, esos sí que se mueven rápido y andan siempre muy despiertos. Sonó el radiodespertador con una canción muy triste, de un cantante de esos españoles guapetones que amaban a Franco. Alguien me llamó y me dijo que quería enseñarme algo, era una amiga de la escuela de artes, que quería ser coreógrafa. Me condujo a un salón de baile dentro del hotel y ahí me mostró a un grupo de bailarines lisiados que ensayaban maravillas con sus cuerpos. Yo me quedé fascinada ante tal espectáculo y le pregunté a mi amiga cómo podían hacerlo. Mi amiga no dijo nada y entonces una luz cayó abruptamente sobre mi mollera y escuché una voz que no se oía. Esa era la voz de Dios. Sé que es una idea cursi, pero responde a ciertas inquietudes estéticas que me han venido machacando el seso desde temprana edad, desde el día en que me puse a escribir mis primeras líneas sabiendo que era un acto inútil, como todos los actos,  como el acto sublime de un Dios que dice cosas que no se escuchan. Inútil para la ciencia como un Dios que existe aunque no lo pueda oír ni tocar. Digamos que ese descubrimiento  me ha servido para paliar, para acompañar confortablemente -como un buen piloto de parapente que comparte su termal- mi angustia por la inutilidad de todo.
        Paso tanto tiempo con la mirada metida en la pantalla que imagino que terminaré habitándola totalmente, sin percibir mi reflejo en el monitor. Cuando pienso en el interior de una computadora ideas tersas llegan a mi mente. Quizá ese pensamiento me condujo a tomar uno de los empleos que más tiempo exigen ante un monitor: el de editora. Mi cabeza, debo decirlo, a causa de tanto y tanto tiempo vivido ante la máquina, posa ahora sobre un cuerpo menos atlético que el de hace años, pero me defiendo bastante.
             Hay una sobredosis de autores, escuché decir el otro día a mi colega en una junta, haciéndose el muy listo; hay algunos que son tan malos como buenos, hay otros que son más malos que buenos, algunos son buenos, sin duda, pero no podemos publicarlos a todos, así que tenemos que elegir a los mejores de los buenos y luego expurgar hasta que el presupuesto rinda y si los autores pagan sus ediciones les damos prioridad, aunque sean malos. Todos seguimos como siempre las instrucciones al pie de la letra, actuamos como nos enseñaron en la empresa. Nuestra empresa, como ustedes podrán intuir, publica sólo basura. Trato de hacer lo mejor que puedo con ella, a veces la reescribo, la dejo un tanto presentable como para sentirme una hormiga orgullosa de su trabajo.
           Cuando no soy una hormiga orgullosa me monto sobre el viento, donde recibo golpes violentos de aire caliente y asciendo hacia la montaña, siento el zarandeo de alarma en el trapo, que se tensa y se afloja, como mi temple. Y los otros: esas entidades intocables como dioses, que giran junto a mí.





lunes, 6 de marzo de 2017

El guionista del miedo

Fui un niño maltratado, mi madre no era de esas ternuritas que se conformaban con aventarte una débil chancla a la cara. No. Mi madre estiraba un gancho para colgar la ropa, metálico, y con él me daba duro en las piernas, justo en el alto muslo, para que incluso el corto short de deportes del colegio lo ocultara. Yo tenía ahí largas líneas rojas, líneas que se renovaban día a día, eso me hizo retraído, enojado, cansado. En la escuela la maestra repetía una y otra vez: No lo logras, y yo regresaba a la casa diciéndole a mi madre: no lo logro. A lo que ella respondía con un par de ganchos más a mis muslos, con una fuerza calculada y profundamente dolorosa. Yo no lo lograba. 
         Cuando un día en la escuela escribí mi primer guión teatral la maestra se quedó tan horrorizada que mandó llamar a mi madre, sin poder explicar una sola palabra de lo que había leído, sospechado y temido en mi guión sólo acertó a decirle: su hijo tiene problemas y es necesario que vea a la directora. Lo mismo había dicho mi vecina, en el edificio de departamentos, cuando arrojé a su domo -visible desde el quinto piso- a uno de los noventa gatos que tenía nuestra maniática casera.
Su hijo tiene graves problemas, repitió la cándida directora mirándome a los ojos, ostensiblemente molesta, yo mantuve la mirada firme y maliciosamente. Sentí como un chisguete de miedo recorrió sus rasgos, su gesto  se descompuso por un momento y detuvo su soliloquio castigador, metió freno, sus labios temblaron tratando de esbozar una sonrisa que quiso decir: Su hijo tiene graves problemas, pero si sigue pagando las colegiaturas por adelantado lo seguiremos recibiendo. Cuando vi esa sonrisa quedé más que intranquilo, ¿será que acaso la directora no puso atención suficiente a mi guión?, ¿comprendería realmente las señales de precoz genialidad y alarma que emití en él?, ¿por qué demonios no me corren del colegio?.
          Lo cierto es que el guionismo sería mi arte en el futuro, ese lunes por la tarde lo decidí, nunca me había sentido tan satisfecho con mi autoestima como cuando mis palabras provocaron aquella reacción, el día glorioso en que pasé de “no lograrlo” a “tener graves problemas”.
Cuando llegamos a casa mi madre hizo dos líneas nuevas en mis muslos, dos en cada uno para ser exactos.

El viernes pasado yo había entregado a mi profesora un guión en el que todos los adultos de mi vida terminaban muertos en formas violentas y meticulosamente contadas. Así empezó mi carrera vertiginosa hacia el cine gore.