martes, 27 de octubre de 2009

Mariposa y suculenta

Niños somos

Seremos polvo,
todos lo sabemos.
Seremos un sacrificado
en una frontera,
seremos un cadáver
colgado en una cerca,
seremos una blanca pradera
y una caja de madera.
Seremos niños,
todos lo deseamos
(de una vez por todas
retomar el rumor
de una sola palabra)
Somos polvo
y en pólvora
nos convertiremos,
seremos repatriados
a la tierra
de los crisantemos.
Niños somos
y en carne de cañón
nos convertiremos.

Una ninfa y dos faunos

lunes, 26 de octubre de 2009

Hoy Fuga, a las 4:00 P.M

Hoy en Zigma: ideas para mañana
hablaremos sobre el tema de la FUGA.

A las 4:00 P.M, por Ibero 90.9 de FM


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http://www.ibero909.fm/

jueves, 22 de octubre de 2009

Hoy a las 12:00 am, en Entre paréntesis

Para platicar con Gilberto Prado Galán y Erick Fernández
acerca de
Zigma, ideas para mañana.
Por Ibero 90.9 de Fm.
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Hoy amanecí indispuesta y no podré asistir a esta entrevista, pero irá el buen Eugenio.

lunes, 19 de octubre de 2009

domingo, 18 de octubre de 2009

Canción del buen decir

El buen amante
sabe jugar
con tus erratas
y no hace de tu lecho
un nido de guapas.

A la caricia buena
no la trastoca,
ni la manosea,
ni la menciona.

Parece malo;
te hace hablar
como un rudo animal,
te hace cantar
una balada larga y ruidosa,
recitar
una rima oprobiosa;
es el aliento
de una palabra sucia,
devenir
de una prosa viscosa...

jueves, 15 de octubre de 2009

Inclasificable

Hace no muchos años las clases de personas, animales y cosas se medían con una precisión muy calculada, pero siempre –antes y ahora- los cálculos han tenido sus imprecisiones. Siempre habrá algo que se salga de la norma, que sea inaudito o ingobernable, algo que se desborde.
La clasificación de las plantas sirvió para cultivar algunas y alimentarse de ellas. Pero también sembró una devaluación de aquellas que no ofrecían ninguna utilidad práctica al hombre, quien, en su paso, ha ido borrando de la faz de la tierra todo aquello que ha considerado inútil o –más lentamente- lo que ha considerado útil. Los principios de la utilidad y la inutilidad son regentes de la clasificación en sus orígenes.
El hombre tiende a habitar en aldeas donde prácticamente todo está clasificado, calificado, valuado y medido. Siempre ha sentido la necesidad imperiosa de agruparse, de agrupar, de seleccionar. Las propias aldeas y ciudades son resultado de una serie de agrupaciones.
Somos, pues, como una sarna que avanza por la piel de un desdichado perro, una plaga pegajosa y corrosiva.
El arte –en sus años mozos- tenía un número más o menos limitado de clasificaciones, porque la historia se gestaba a una velocidad menos vertiginosa que hoy. Nuestra propia sociedad lleva un rumbo que es en sí mismo inclasificable. Hoy ha dejado de ser posible entrar en materias precisas sobre el futuro. La información deviene en cataratas todos los días, la producción de noticias sobrepasa las expectativas de la historia, los cálculos de Marx; las conclusiones de aquel anónimo francés dieciochesco que vio el mundo en el año 2440, como un tiempo en el que al fin los carruajes dejarían de salpicar de lodo los vestidos de las damas… el asombro de Valery por las dimensiones de la técnica...
Y aquello que nos fuera tan útil para englobar los pequeños universos de cosas que hay en el mundo, nos sirve ahora –en el verdadero mundo del capital- para seguir agrupando universos cada vez más microscópicos.
Lo inclasificable es en sí mismo una agrupación. La palabra es el principio clasificador, porque permite nombrar cada universo encargado de crear las realidades, y permite ponerle una etiqueta –luego entonces- clasificarlo. Hace años incontables parecía que todo era nombrable, tangible para la memoria; y había arquitectos, pintores, zapateros, carpinteros, escultores... ¿Pero qué pasa con aquello que –por más que busque- no consigue quedarse en ningún globo?¿qué pasa cuando no hay forma de insertar lo creado en ninguna de las manchas, de las agrupaciones? ¿Qué pasa con aquella cosa que no es ni planta, ni es bicho, ni es aparato, ni es una de las corrientes del arte, ni es juego, ni es en serio, ni está de moda, ni deja de estarlo?¿Qué pasa cuando no podemos definir el origen de algo o alguien?¿se vuelve extraño?¿freaky?¿clasificable?... Intentaremos –humana condición- encontrarle pronta y urgentemente, una clasificación.

lunes, 12 de octubre de 2009

viernes, 9 de octubre de 2009

Sombrero volador


Tris

Pienso en ti
y pienso ¡zaz!
La gloria lleva tu disfraz.
Encuentro la caricia, el beso

y pienso ¿qué fue eso?
y entre memoria y memoria
pienso ¡qué delicia!

Todo en un tris,
todo con premura
¡y qué perdiz!
¡y qué ricura!

Baladas de otros

Niña y pensamientos de luz
por Guillermo Samperio

Una niña de cabello dorado, de mirada de humedad sana, tenía en los ojos el color de la hojarasca que mitiga las preocupaciones y en sus pupilas se encuentra la solución del lirio magenta que explota en la corteza de un joven ahuehuete. A la infanta le llovían fragmentos violeta-azulencos de un árbol que se enredaba con otro y, aunque fueran dos, la gente del pueblo ondulado le llamaban la jacaranda. La niña no sabía si los pétalos azules eran de uno de ellos o los violetas del otro. Estaba segura, eso sí, de que al caerle las flores diminutas en el cabello, una luz lila se encendía en su pensamiento. Cuando hablaba, sus palabras iban coloreadas de un tono inexplorado, pero lo que llegó a preocuparle fue que la gente podía leer sus pensamientos, como se aspira el hueledenoche sin tener que aspirar. Su cabello tenía la desenvoltura propia de amanecer un día pelirrojo, o castaño, o rubio, o negro, o con rayos dorados y canela, a veces lacio, o esponjado, con rulos, o volado, o casi a ras de cabeza, o de otros colores como azul, rojo, violeta, morado o simplemente con los pelos parados.
Pero al notar que su pensamientos se podía leer como lumínicos globos de comics, eligió esconderse en un sótano, cubriéndose la mirada con mechones de pelo, pero uno de sus pensamientos luminosos, como de luz de neón cárdena, le dijo: “Cada uno se preocupe de lo suyo: el árbol de su arboreidad, la roca de su mineralidad, el autonombrado homo sapiens de su homosapiensidad". La niña estuvo, durante el ocaso, meditando en aquella idea que le vino sin que ella tuviera la voluntad de pensar y, apenas había caído la bola anaranjada tras los montes azul oscuro y grises, se puso de pie y se reacomodó el pelo de tal forma que se notaba a la perfección su cara oval en torno a sus chinitos. De inmediato, se desarrugó su vestido de lino sepia y salió a deslumbrarse con una enorme luna llena.
Recordó la historia de Gung-thang, el maestro tibetano del siglo dieciocho, contada por su abuelo: “Cuando le preguntaron al maestre el motivo por el que había dejado de leer libros, respondía que seguía leyendo, pero ahora el silencio de las flores, el de los zorros que pasaban por su casa a pedirle agua con un movimiento de cola, los ojos de los discípulos que habían estado con él, los pies de las mujeres que caminaban descalzas; que había aprendido mucho de los árboles y de las palabras invisibles que surgían cuando los nenúfares se abrían. Que por más que alguien quisiera no se podía saber todo y él, después de haber leído tantos libros sagrados o mundanos, se había dedicado a lectura de las cosas del mundo y el cielo”.
El abuelo fumaba su pipa y, aunque se hubiera acabado el tabaco, él seguía fumando y la infanta no entendía cómo era posible que el viejo lanzara volutas de nube blanquísimas si la pipa se encontraba apagada. Golpeaba la pipa contra una de sus botas y proseguía la misma historia: “Por ejemplo, Gung-thang decía con verdad que un árbol nunca era el mismo de un día para otro, aunque por costumbre las personas así lo creyeran. Una jacaranda, dijo, siempre es otra al amanecer, como las personas. Pero la gente se ve al espejo desde temprana edad y ve a diario una misma cara, hasta que un día la enfermedad le muestra, de golpe, los cambios que se fueron juntando día con día durante tantas décadas y se sorprende. No se dan cuenta de que desperdiciaron la oportunidad de verse distintos cada mañana y se quejan e insultan a los que habitan arriba de las nubes; la desgracia no es que se mueran, hija mía, sino que fallecen siendo los mismos que vieron por primera vez en el espejo. Ahora mismo leo lo que me dice ese hueledenoche que no huele porque es de día, pero leo el silencio de su aroma”.
El abuelo seguía lanzando volutas de humo inexistentes y concluía: “Si te paras a pensar, muchacha, los autonombrados seres humanos, que mueren sin leerse cada día, terminan siendo homos non sapiens. Eso lo digo yo”, afirmó el abuelo, “pero algún día habrá un suceso maravilloso que, más tarde que temprano, los hará pensar sin que se esfuercen en pensar. Algunos tienen una mente tan activa, que a veces desean dejarla, por las noches, en el buró, como yo dejo mi dentadura postiza dentro de un vaso de agua con violeta de genciana. Pero prefieren volar con sus pensamientos, que hacer una lectura de sí mismos a diario”.
A la infanta nunca se le olvidó aquel regalo del abuelo y, al mirar la luz intensa de la luna, entendió al fin aquellas palabras que poco o nada había comprendido la primera vez. Desde que salió del sótano y sus ojos empezaron a leer las cosas, o vestigios de cosas, que habían cedido sus antepasados más antepasados, empezó a haber gente que se preocupaba por los otros, pero también pusieron atención en lo que pensaba en tecnicolor la niña. Otros agradecían los pensamientos luminosos y empezaban a encargarse de sí mismos aunque les costara mucho trabajo descubrir los cambios que había en ellos a diario, pero no tardaron demasiado en empezar a leerse día con día. La niña de pelo rojizo enchinado pensaba, cuando descubría a alguien leyéndose en su espejito, que la persona estaba recuperando su homosapiensidad.
“Lo más importante”, le había dicho el abuelo, “es que si logran la lectura de sí mismos, su forma de proceder cambiará y, en lugar de andarle diciendo a todo mundo qué debe hacer, los lectores de sí mismos hablarán más con sus actos que con sus bocotas. Y entonces”, afirmaba el abuelo, arropado en humo incoloro, “se transformarán en personas atractivas para los demás, pues dirán de manera silenciosa su humildad, su amor, su dicha y la utilidad de su vida para con los otros. Con su obrar y su hacer, no con discursos ni escaleras inútiles de lenguaje, morirán en silencio, sin lamentaciones, sin insultar a nadie de arriba ni de abajo. Pero morirán en el momento oportuno que ellos leerán en sus ojos, para tener tiempo de despedirse y de perdonar. Sus más cercanos los llorarán pero con sosiego, harán el luto pero con agrado, algo así como una tristeza feliz, ¿por qué no? Ya llegará el milagro, muchacha”.
La infanta recordó la muerte del abuelo y cómo se fue despidiendo; hasta le dio el perdón a don Fermín que le había dado un balazo en la madurez por un problema de tierras. Mucha gente de la familia no entendió el funeral que su abuelo quería. Aunque todo dios iba y venía, se desmayaba y se des-desmayaba, entre lamentos y chillidos vergonzosos, ella se asomó a la ventanita del féretro y, sin que nadie se diera cuenta, descubrió una media sonrisa en el anciano, quien le guiñó un ojo a su nieta desde el lado de la muerte viva, como la niña pensó. Ella se abandonó a una congoja plácida; ahora lo reconoce aunque dos años atrás esa actitud de tristeza feliz la hubiera avergonzado.

lunes, 5 de octubre de 2009

¡Ay!

¿Qué será?
¿qué será
que es un bledo
de repente y de repente
se convierte
en ardiente deseo?
¿Qué será
que me dan ganas
de untarle repelente
y luego
me dan ganas
de untarle el vientre,
hasta que le salgan canas?

Zigma, Ideas para mañana, por Ibero 90.9 de FM (yeha!)

Todos los lunes a las 4:00 PM.
Visita http://www.ibero909.fm/

domingo, 4 de octubre de 2009

No quedó ni una

No quedó ni una,
ni bonita,
ni fea,
na y na,
nanay,
ninguna.
Ni una
mujer quedó
en esa ciudad,
ni felicidad,
ni caderas,
se las comió
la verdad.
Ni una nena
queda
en esa ciudad
donde se apostó
severa
la masculinidad.