jueves, 24 de octubre de 2019

Mi pensamiento es un mal hombre

Mi pensamiento es mejor ahora que antes, eso dice.
Sin embargo, transcribirlo desde mi cabeza hasta el papel, cargar con sus pesados complejos, con sus dolores y miedos internos, con su carácter irascible, su exceso de sinceridad, sus celos retorcidos, su exceso de sí mismo; hacerlo sentir cómodo en la hoja, ofrecerle una buena historia para que se relaje,  son tareas que ya no encuentro tan sabrosas como antes.

Siempre anda apresurado, siempre anda impaciente por encontrarse con la siguiente pregunta, y nunca encuentra una buena respuesta, nunca halla una que soporte su caudal de preguntas aledañas. Todo el tiempo cuestiona mi falta de cultura, mi desconocimiento del lenguaje filosófico que intento transcribir, mi incapacidad para formularle yo misma preguntas oportunas, que lo enriquezcan, que le den más preguntas, como si no fueran suficientes.

Es que acaso el que mi pensamiento sea mejor ahora -o eso diga- y yo no quiera escribirlo me hace una mala mujer. No lo creo, yo he actuado bien, él es culpable de todo. Él se porta mal. Me he dado cuenta de que me espía cuando duermo; luego interrumpe mi sueño, me desvela con sus nimiedades y yo no tengo ganas de levantarme de la cama para escribirlo.

Mientras él solamente nada en el mar calmo de las letras que escribo, y se arrulla entre mis dedos, y termina por dormirse, yo siento que me ahogo en su tsunami de objetos diversos, de respuestas inconexas, de cuartillas fulgurantes pero inútiles… 

Lo peor de todo esto no es que mi pensamiento sea mejor ahora, o eso diga, sino que vivo junto a él, lo necesito, y si nos divorciáramos me volvería loca.



miércoles, 23 de octubre de 2019

Volátil (2006)

Dedo punzante,
revueltos labios,
enredados,
amorosos,
mancillados.
Labios amoratados,
oscuras alas que
vuelan al unísono,
esperando un disparo.

lunes, 21 de octubre de 2019

La burbuja y los vientos

En este inicio de los vientos las mariposas –amarillas y naranjas- empiezan a perder su brillo. A media mañana las veo volar persistentemente contra la ráfaga y llegar hasta la terraza, alcanzando mis flores, que han perdido también su brillo con el principio de los vientos. Sólo la mariposa negra, que a pleno día simboliza un cambio luminoso, conserva su luz iridiscente.

Es increíble todo lo que se puede ver desde aquí: he visto un turpial, una calandria, un azulejo, una familia de piqueros, un cardenalillo joven, muchos cenzontles, muchos colibríes entre los cuales destaca uno que tiene el plumaje de un color gris verdoso o azulado; bajo las plumas del cuello se oculta un collar de un estridente naranja, que no pierde su esplendor jamás, y mis ojos -curiosamente dotados de una capacidad para otear los colores y para desconocer las formas- los clasifica a veinte metros de distancia. Vi libélulas y zonas arqueológicas, y una pequeña cúpula que me recuerda a Santorini. 

He escuchado la lavadora de la vecina en su latir extraño.

Suelo reconocer los rostros de las personas, más que por sus formas, por sus colores; aunque en la cercanía ciertos rasgos cincelan mi mente, a veces mi propio rostro, mi gesto, mi oído, mi olfato. 

Yo sé cual es tu color. 

Es imposible todo lo que he visto desde aquí: la luna naranja previa a tu llegada, el signo contundente de tu arribo, una tormenta de rayos atrapada en un gran cúmulonimbus. Cientos de rosetones estallando al unísono en mi reserva de fiestas de santos patronos. 

He visto desde aquí, sentada aquí mismo, tu rostro sonriente.


jueves, 17 de octubre de 2019

El Misterio

El Misterio soy yo y les contaré por qué. Yo crecí en un pueblo del Estado de México y hubo una época por allá en que los muchachos, mis amigos, se interesaron por el tema de la lucha libre y me contagiaron de manera obsesiva el deseo de luchar, y entonces pusieron una pequeña arena donde yo iba a entrenar hasta que un día gané un campeonato local y luego otro a nivel estatal. Me dicen, pues,  “El Misterio” porque yo de muy chavo fui luchador y así se me quedó. 
Es raro que un escritor haya sido en su pasado un luchador, pero es que una mujer me introdujo en esto que es el mundo de la cultura y la literatura. Esa mujer se llama Lourdes Grobet y es una muy buena fotógrafa y tiene una amplia serie de fotografías de luchadores y luchadoras. Se fue a recorrer todas las arenas para fotografiarnos y nosotros le dimos espectáculo. Supe que era una mujer culta y de pronto ella me invitó a algunas de las presentaciones de los libros que publicaba y en los cuales nosotros éramos protagonistas. En aquel entonces yo aun era muy joven y empático y me ponía a platicar con cuanto escritor y artista podía y entonces me hice amigo de ellos, me gustó su mundo, me hice como ellos, cree afinidades. Entonces conocí la literatura, dejé la lucha libre, agarré la peda y gané premios literarios, porque, se los juro, era condenadamente bueno, y las mujeres hermosas me amaban, pero me destruí más tarde. 
Joven aún y exitoso, conocí a una rubia hermosa, me casé con ella y tuve cuatro hijos, todos varones, pero luego me separé y los abandoné porque no me importaron, sólo dios sabe porqué no los amé, sé que es terrible, cualquiera podría reprobar mi conducta. Dejé a mis rubios hijos, y La Rubia envejeció y los sacó adelante con altos rendimientos que he seguido desde lejos. Sé que aquella mujer me amaba, cuando yo la abandoné junto con nuestros hijos, justo dos años después de que sus ojos azules y esplendorosos comenzaran a apagarse, lloró un río y un mar, todo el Caribe se le fue por esos ojos que quedaron secos. La Rubia sacó fuerza de rabia y rabia de furia para continuar viviendo después de semejante traición y es que yo la abandoné por la famita incipiente que me ponía enfrente a las más lindas estudiantes universitarias sin que yo pudiera resistirme, fui un hedonista y no nací para ser padre, nací para fornicar y para escribir libros.
¿Cuánto daría hoy yo por estar vivo y escribir con una mano sólida y no con esta mano blandengue que me da la infinitud de la muerte?. Ahora estoy muerto, eso, en cierto modo, me hace aún más misterioso. La letra incansable que escucha mi soliloquio y lo escribe y lo convierte en una novela que se escribe gracias a mi gracia inanimada, es la que me da vida después de la muerte y, por ende, resuelve el Misterio. Pero, ay, como quisiera estar vivo para escribir con mano firme y no con esa mano ligera y volátil, que firmará esta historia, que la publicará con su nombre y no con el mío. El nombre de esta mano, por cierto, ese sí que es un misterio grande.
El macho, puedo decirlo abiertamente, es un chingón. Pero cuando veo a mis colegas luchadoras del pasado, veo que ellas también se la rifaban, a su manera, pero se la rifaban, y cuidado cuando una hembra se pone brava porque te puede dejar muy dañado y hasta muerto. La Güera era de esas: una hembra rabiosa capaz de amar sobre todas las cosas y matar por cada uno de los múltiples hombres a los que amaba. Era, por decirlo de alguna manera, una histérica santa. Pero resultó que un día un psicótico guapo con el que se metió la mató, y tuvo que pasarse del otro lado, junto a mí. Ésta se volvió un fantasma igual que yo, y, nada tonta, se pegó conmigo, ahora mismo lee por encima de mi hombro lo que la mano fantasmal y anónima escribe en mi nombre.
Todo arte es un soliloquio, un diálogo íntimo, o una manifestación de masas.
La Güera y yo nos queremos. Cuando llegó a mi plano me dio mucho gusto, debo admitirlo, andar tan solito por acá me resultaba un poco aburrido. Era bueno poderme encontrar con una vieja conocida. Así que le pedí que me ayudara en mi tarea de escritor fantasma. Ella accedió encantada ¿qué otra cosa tenía que hacer en este limbo, que en algo se parece a una arena, sólo que con un público silencioso y macabro, desatento, indiferente? Una vez inmersos en el mundo de la muerte y la lucha desesperada por alcanzar la ficción literaria, teníamos que cruzar por el dantesco proceso de ponernos de acuerdo para hacer el trabajo más fácil, salir de la pesadilla, alcanzar eso que los vivos llaman la trascendencia e irnos de una vez por todas a descansar, a tomar daikirís y caipiriñas a la orilla de todas las playas posibles, al atardecer, con hermosos rubios y rubias y morenos y morenas y muchachos de todos colores posando complacientes a nuestro lado. Eso sí, a ellas las quiero ligadas. No se aceptan mujeres fértiles ni cero positivas en mi mundo ideal, en mi paraíso eterno. No quiero que les nazcan chamacos o enfermedades de los cuales yo tenga que encargarme, que compadecerme o sentir algún remordimiento por muy mínimo que sea.
(En Tina o el Misterio)




miércoles, 9 de octubre de 2019

Maquinofilia y verdad (2017)

En el Primer Mundillo nunca fue ninguna vergüenza penetrar a las máquinas, ahí vivía la Chica que Todos Quieren. Muchas veces ella descubrió a su propio novio en amoríos con máquinas de la capital y no sintió desconcierto, ni celos: era normal que los chicos tuvieran aventuras constantes con las máquinas. Sin embargo, no había máquinas penetradoras de mujeres, de estas últimas se creía que eran como las primeras, sólo que de carne. Era, por otro lado, cada vez menos frecuente la penetración entre personas, y las mujeres preñadas eran muy mal vistas y acosadas socialmente.
Pero todavía existían excepciones, almas virtuosas que sabían ver el alma más oculta, incluso entre las máquinas una de ellas era el Pobre Hombre, quien, al descubrir a la Chica que Todos Quieren, se enamoró perdidamente. En aquel tiempo, como en todos los tiempos, toda novedad carnal era sinónimo de felicidad; felicidad que un día se acababa para dar paso a un periodo de luto, y luego, a la nueva felicidad. Pasaron algunos años juntos y el Pobre Hombre la penetró como antes penetró a las máquinas, con pasión y sin ningún desconcierto, y cuando llegó la inevitable ruptura sólo uno de ellos sintió pena. Él puso en ella su corazón así como antes lo había puesto en las máquinas.
Un día el Pobre Hombre quien tenía un espíritu rebelde y sabio, y podía ingresar en todos los secretos de las almas descubrió a la Siempre Encinta y decidió hacer pareja con ella, penetrarla  apasionadamente como hizo con las máquinas y con la Chica que Todos Quieren. La forma en que la encontró fue ilegal, puesto que ella pertenecía al Mundo de Verdad. Cuando él la miró a los ojos supo que ella era la excepción que estaba buscando. No había sitio en el Primer Mundillo para alguien como la Siempre Encinta, y sin embargo, el Pobre Hombre fue firme en su decisión de quedarse con ella. 
Hay un aspecto histórico de gran relevancia en este romance, por el cual todo lector que tenga un alma debería conmoverse, y es que en el Mundo de Verdad las personas no penetraban a las máquinas y las mujeres eran penetradas por hombres que solamente habían penetrado a mujeres. La penetración maquinal era diagnosticada como maquinofilia y todo aquel que la practicara era enviado al hospital psiquiátrico. En territorio verdadero se perseguía severamente la maquinofilia y no se permitía el ingreso a personas con antecedentes maquinófilos. Por tal situación era imposible que un Pobre Hombre ingresara al Mundo de Verdad, igualmente imposible era para los verdaderos ingresar a territorio maquinófilo. Por tanto una noche el Pobre Hombre raptó a la Siempre Encinta. Este rapto trajo consecuencias trascendentes para la humanidad y la maquinidad. Fueron perseguidos durante lustros. Tuvieron que cambiar su residencia a Otro Mundillo, donde aquellas leyes arcaicas habían desaparecido, donde todos habían entendido hacía tiempo que nada de malo tenía penetrar a las máquinas o haberlas penetrado en el pasado y donde estar encinta era incluso una alegría. La situación legal de los amantes se hizo viral, y se llevó a la Corte del País Entero, donde, después de algunos años y discusiones se llegó a la conclusión de que nada de malo tenía que los verdaderos y los maquinófilos se amaran, siempre y cuando nadie saliera lastimado.