sábado, 17 de mayo de 2008

El Pueblo Cooperativo Chapingo: una utopía riveriana


Cartel de Juan Pablo de la Colina


La utopía no es percibida por los que la formulan como una realidad inalcanzable. La utopía es una esperanza cierta. No siempre se manifiesta en grandes proyectos o realizaciones. No pocas veces, al tiempo, su campo mejor son los ámbitos pequeños, partes vivas de una totalidad que les da sentido. Diego Rivera pudo mirar aquel horizonte con limpieza, y recurrir a la factura de obras de dimensiones reducidas. Fue el pintor de metros y metros de muros en los que es posible espigar aquí y allá su genio. Mantuvo a la vez una idea, no suficientemente conocida acaso, que hace indiscernible a la arquitectura de las artes plásticas. En este sentido puede entenderse el propósito de “poner el arte al servicio del pueblo”. No se trata nada más de que los integrantes de una comunidad, especialmente los trabajadores, disfruten la belleza e interpreten los significados posibles de las obras de arte –de los murales, sobre todo, por su carácter abierto a todas las miradas– sino de incorporar de veras, de modo pleno, las formas artísticas a la vida diaria, al ambiente. Absolutamente distante de la posición actual, desde la que se consideran comúnmente el arte y su exposición como “eventos” más o menos espectaculares y hechos noticiosos atentos a las cantidades de dinero y de espectadores –nada muy diferente al precio del contrato de un astro del futbol, digamos, o de la música en boga–, Rivera pensó que sin ostentaciones ni ornatos extraordinarios la gente debe pasar sus días y sus años dentro de una circunstancia poblada de cosas bellas. ¿Pura utopía? El artista pensó que no, y se sumó a los empeños de las autoridades de la Escuela Nacional de Agricultura (hoy Universidad Autónoma de Chapingo), cuyos primeros objetivos no se concentraban naturalmente en el plano estético pero que supieron dar a su institución, y por tanto a la circunstancia de sus trabajadores, académicos y estudiantes, elementos de gran altura estética y de sobria dignidad.
Se conoce bien, aunque ha comenzado a entrar en el tren del olvido, el notabilísimo trabajo de Rivera en la capilla de Chapingo, que tuvo, entre otras intenciones, la de subrayar la indisoluble vinculación entre el estudiante de aquella escuela y el campesino, la identificación de sus fines comunes, el hecho esencial de que en su trabajo por venir “aprendieran”, como señaló en su momento Marte R. Gómez, “no a explotar al hombre sino a explotar la tierra”. Detrás de la puerta en la que destacan la hoz y el martillo entrecruzados, cuya imagen se repetirá en el fresco, irrumpe el universo riveriano, homenaje a la sencillez incesante del trabajador del campo y los talleres y las fábricas que vive en comunión con el sol, el viento, la tierra y el fuego. Además del de la capilla, Diego pintó otros frescos en la escuela. Uno de ellos ilustra la repartición de las tierras en el Pueblo Cooperativo, y otro, situado como el primero en el espacio de distribución de las escaleras en la rectoría, el pueblo incipiente, el trazo de sus calles y la presencia de la Plaza Unión, cuyo diseño, decoración y contorno realizó el mismo artista.
“Este es el primer pueblo Cooperativo de la República Mexicana. Aquí no hay cantinas, porque sabemos que el alcohol embrutece. No tenemos templos (ilegible), nuestra oración es el trabajo (ilegible). Nuestra fe (ilegible). El bienestar colectivo. Nuestro dogma la cooperación. Nada tenemos ni esperamos que no sea resultado de nuestros propios actos y fruto de nuestros sinceros esfuerzos”, cita el reglamento interno, impreso en el pequeño hemiciclo ubicado en uno de los extremos del pueblo.El tiempo, la imposibilidad, la falta de interés por parte de las autoridades, le fueron quitando su belleza original a esta utopía.

1 comentario:

Tonatiuth Hernández dijo...

No me queda más que agradecer a Diego Rivera por tan bello trabajo lleno de pasión y mirar aquel horizonte donde se fortaleció un bella ninfauna tránsfuga de indescifrable laberinto cardo de numen creador.

Gracias, por aquel paseo por la placida universidad de Chapingo en la cual conocí por primera vez en directo los murales de nuestro Diego. El si de verdad es y será, el rey de los ahuehuetes ideológicos y la técnicas pictóricas.

Un abrazo largo e intenso bellota.

Súper mosquito.