sábado, 19 de julio de 2008

Aquí en La Lacritud

El cielo en La Lacritud tiene una formación legionaria de estrellas, las más brillantes se llaman ascensos, tienen la característica de apagarse a voluntad, cuenta la señora de la palapa que quince de ellas desaparecieron cuando era niña y que volvieron a aparecer cuando cumplió los quince. Como en La Lacritud no hay tele, ni luz, ni computadora, uno tiene tiempo para fijarse en los detalles más nimios del cielo; no todos los ascensos duran tanto apagados, yo misma he podido ver ascensos desaparecer por unas horas; varias veces, mientras empezaba a hacer el recuento de legiones uno de los ascensos desaparecía, cuando terminaba ya habían desaparecido otros dos, ni la señora de la palapa sabía explicarme qué sucedía o hacia dónde iban. A veces los ascensos sólo desaparecen a la mitad, parecen párpados medio abiertos.
Los triarios son el tipo que más me gusta, el centro es de un azul tan claro como los ojos de mi amado. Pareciera que están hechos de agua, si miras con atención, puedes ver cómo del círculo azul emana una luz mucho más tenue, la separación entre un triario y otro es de un dedo meñique de mi amado, visto a un brazo de distancia. A veces el ojo del triario se entorna, formando un hermoso halo negro.
Hay un detalle fascinante en el cielo de La Lacritud: todas las estrellas son distintas. Hay algunas estrellas, sobre todo entre las leves, que tienen un carácter irritable y quién las observa con detenimiento puede causarles disgusto y morir tirado en la arena, boca arriba y atravesado por la lanza de una heroína. La señora de la palapa cuenta que muchos visitantes mueren de esa forma, ella conoce todas las formas en que puede morir un visitante. Por ejemplo, una vez me contó que a los rosarios les gusta jugar con los cauriaureos, los cauriaureos son unos caracoles que encuentras fácilmente en la arena de La Lacritud, si te los pones en el oído y cantas ellos te siguen la tonada. Los rosarios también cantan para combatir, pero también para divertirse, la canción más temible de los rosarios es la canción de Kail. Muchos visitantes mueren porque acercan un cauriaureo a su oído, si algún rosario está jugando con él la canción de Kail se interna en el alma del visitante, quien vaga durante algunas horas sin poder detener su canto y termina por ahogarse en el mar.

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