martes, 11 de julio de 2017

Vaticinio

Hace algunos años, en una de las transmisiones del programa “Zigma, ideas para mañana”, que hice junto a mis amigos Agustín Peña y Eugenio Echeverría, tratamos el tema de la parapsicología y los fenómenos paranormales de la mente, en la perspectiva de Arthur Koestler, citamos ampliamente un ensayo que sobre su vida, obra y humanidad, escribió Vargas Llosa, y que fue publicado en Letras Libres. Caí en la cuenta de que aquel programa en sí mismo pudo ser un vaticinio que probara, como no queriendo la cosa, la seriedad de la tarea parapsicológica y de este modo colgué en mi cuello y en el cuello de mis amigos, el único milagrito que pudimos haber predicho, pues, exactamente al día siguiente de aquella transmisión se anunció el premio Nobel de literatura a Vargas Llosa.
El asunto viene a cuento por que cada vez creo más en los vaticinios. Conforme creo más en los vaticinios, más creo que mi futuro literario será escribirlos.
Hoy me contó candorosamente un amigo cómo predijo para sí mismo la muerte de Colosio; describió la visión de la siguiente forma: “Vi la cara de Colosio en la televisión y de pronto me pareció que era Kennedy, en ese momento dije en voz alta: a este güey lo van a matar” Mi amigo lamentaba no haber dejado un registro escrito de aquella premonición, que justo al otro día se volvió una realidad que lo dejó estupefacto.
Recordé como la desgracia suele estar presente en los vaticinios, cómo estos parecen a veces dictados por una conciencia maléfica. 
Casi siempre le negamos nuestra conciencia a la desgracia; sin embargo, cuando se es auténticamente feliz se sabe que la adversidad es inevitable, pero también se sabe que se cuenta con el aditamento espiritual para soportarla. Uno de estos aditamentos es precisamente la capacidad de premonición: el aviso. Recibir vaticinios, a través de sueños, presentimientos, señales o palabras de otras personas, sólo revela una sustancia común a todos los individuos,  pero esta sustancia sólo se produce abundantemente en individuos muy excepcionales.
No sólo la desgracia habita en los vaticinios. La desgracia y la felicidad, pues, son realidades predecibles. Un vaticinio es una visión difícil de reconocer para muchos, un pensamiento que tendemos a ignorar por pereza o a encontrar falto de verosimilitud. Nunca se debería ignorar un vaticinio, sea feliz o infeliz, puesto que siempre trae consigo una mínima o grande posibilidad de cambiarlo si es desgraciado y de ayudar a provocarlo si es feliz. Ignorar un vaticinio feliz es alejar su posibilidad, ignorar un vaticinio desgraciado es acercarla. Aceptar un vaticinio pasivamente, entonces, puede traer consigo la infelicidad. El vaticinio no es una realidad, sino una perspectiva hacia futuro si no se hace lo necesario para cambiar las cosas, en caso de ser malas. Esta perspectiva se debe alentar para provocar esas cosas, si son buenas. Por tanto, un vaticinio siempre invita a la acción. Aquel que recibe un vaticinio debe escucharlo, tomarlo en cuenta, decirlo o escribirlo, pero sobre todo debe procurar hacer con él lo mejor posible, para que se desvanezca o se haga real.




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