“Desde mi más tierna infancia desee ver la desnudez de la mujer con más conmoción que explorar una cueva, el casco abandonado de alguna hacienda o de un balandro varado. Inventé artilugios de reflexión óptica para sorprender sin ser sorprendido a las mujeres de mi casa. De adolescente ensoñaba con mis tías y de joven con mis primas y en general con todo lo que se balanceara con faldas. Ahora, con varias décadas en el cuerpo y más bien harto de dicha veleidad, he llegado a esperar devotamente, sabiendo que no llegaría, hasta cinco horas a una “musa” (toda mujer que viste y calza si es musa, lo es entrecomillas...), cansado de padecer tantísimo desdén, llego a las mismas conclusiones: 1. todas las mujeres son la misma personita. 2. con una e hijos basta y sobra para darle a la vida un agradecimiento imponderable y gratuita aceptación a lo absurdo del mundo, y 3. la mujer que haciendo alarde de su sexto sentido te invita inopinadamente a copular, con la misma sutilidad y alegría, sabrá despedirte a tiempo. En fin, las musas sin duda son la mejor parte de la sabiduría clásica griega que no podemos perder” –Se dice para sí, memorioso y circunspecto, un misógino.
Fragmento de El hombre que no se aburre en su habitación de Jaime Vilchis.