Era como brisa
fresca aquello;
sangre nueva,
un sacrificio
que garantizaba
la buena cosecha,
una cópula
que aseguraba
la descendencia,
unos versos
que infaliblemente
enamoraban
a las damas
de los caballeros.
Pero qué crueldad
tan brutal
fue la de aquello;
no era frescura
sino una helada
que acabó
con la siembra;
un cuchillo
qué acabó
en una sangría,
una sanguijuela,
que succionó
los nombres
de los amantes,
groserías
que alejaron
para siempre
a las damas
de los caballeros.