Todo aquel que sea dueño de un cuerpo tiene la obligación moral de protegerlo y cuidarlo con esmero. Debe ser dueño, además, de todos los recursos necesarios para que ese cuerpo no se muera de hambre o por enfermedad. Quien no posea los recursos necesarios para mantener su cuerpo en las condiciones adecuadas, estará condenado como especie a desaparecer. Es por eso que en ciertos lugares del mundo tantas personas, animales y seres en general, simple y llanamente, se mueren.
Hemos crecido en una sociedad en la que el principal culto se le brinda a la presencia física, puesto que ella es la representante del consumo. La mayoría de los planes publicitarios incluyen uno o más cuerpos, que se materializan en uno o más modelos. El cuerpo libre de defectos será el principal candidato para representar al consumo. El consumidor idóneo será el que posea un cuerpo hermoso y feliz.
La vida lleva a ciertos individuos a enfrentar situaciones que los ponen en riesgo de perder el cuerpo. Quienes viven en países en guerra, quienes sufren accidentes, quienes realizan trabajos de alto riesgo. Quienes padecen hambre.
En el reino animal muchos pierden el cuerpo por la sequía, la contaminación, las inundaciones, las cacerías, etc. En el reino vegetal mueren mucho más individuos que en cualquier otro. Los incendios forestales son una causa; la tala, la construcción, la agricultura, la deforestación... La tierra está poblada por seres que se encuentran en el riesgo permanente de perder el cuerpo.
Muchos, quienes tienen la suerte de vivir en paz y provistos de alimentos, en cambio, luchan encarnizadamente para conseguir el cuerpo perfecto. Se agotan en sesiones de gimnasio, hacen rigurosas dietas, se someten a dolorosas operaciones.
Pero más que estar bello el cuerpo tiene como primicia estar vivo. En las sociedades de consumo se ha perdido incluso la capacidad para sobrevivir en caso de perder la casa o el coche. En todo caso, esta capacidad se le exige al sistema. El sistema ideal es aquel que ha absorbido la capacidad de supervivencia de sus habitantes. Los habitantes del sistema ideal no deben la supervivencia de sus cuerpos a la caza o la pesca, ni mucho menos a la agricultura o la recolección. Un derrumbe de este orden a partir de una catástrofe natural está muy lejos de su alcance previsor y haría patente la incapacidad de supervivencia de sus habitantes. La naturaleza y sus desastres tienen un poder inconmensurable. Ante el cual el cuerpo es una entidad endeble.